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Martín Caicoya

Jenner, Balmis e Isabel Zendal

Edward Jenner se había hecho cirujano a la sombra de Mr. Hunter, una eminencia. Aunque no era médico, se había interesado por la biología, también por la botánica y era un ávido observador de pájaros, ese gusto tan inglés. Entonces la viruela, en forma de brotes o epidemias, causaba estragos. Unos años antes Casal escribía que cuando las vesículas rompían expulsaban la «materia pecante» aquella que el desequilibrio entre los humores había cocido en las entrañas del enfermo. Lo mismo que el sudor, señal de que el organismo se deshacía de humores malignos, observación atinada pues el enfermo febril cuando superaba la infección perspiraba para refrescar el cuerpo. No hace mucho, los padres llevaban a sus hijos a la cabecera del enfermo con sarampión o rubeola o paperas, para que se contagiara y pasaran todos a la vez la enfermedad. Ya se sabía que nunca les volvería a afectar y que cuanto antes se cogiera menos virulenta sería. Con la viruela en el XVII y XVIII se experimentaba de otra forma: se recogía el exudado de las vesículas de los pacientes con clínica leve y se inoculaba a los sanos. Se sabía que se pasaba solo una vez en la vida y se esperaba que esa sustancia que había atacado con prudencia al enfermo, también lo haría al receptor. Pero no siempre ocurría así.

Aunque la palabra evidente tiene fuerza semántica, hay muchas cosas que están ahí y no vemos. Es famoso el experimento del gorila que realizó Daniel Simon, un psicólogo interesado en los aspectos cognitivos de la visión. Tres estudiantes con camiseta negra se pasaban la pelota en círculo a la vez que giraban y se entremezclaban con 2 con camiseta blanca que hacían lo mismo. Entonces otro disfrazado de gorila se metía en el medio, se golpeaba el pecho y tras unos segundos, salía. Solo la mitad de los jugadores lo vieron, incluso alguno que lo miró, no lo vio. Es porque, aunque todo lo que está en el campo visual penetra hasta nuestro cerebro, solo procesamos una parte. Personas como Jenner son capaces de ver lo que para otros pasa desapercibido.

El había observado que sus pacientes que tenían afección cutánea por la viruela de la vaca no contraían la viruela humana. Dedujo que lo mismo que el exudado variólico protege, también el de la vaca. Y se propuso comprobarlo. Extrajo el líquido del dedo una campesina, que se había infectado al ordeñar una vaca. Y se lo inoculó a un niño de 8 años. Ella se llamaba Sarah Nelmes, el niño James Philips. Era el 14 de mayo de 1796. Dos semanas más tarde, viendo que el niño estaba sano, le inoculó viruela humana. No enfermó. Durante los siguientes meses replicó el experimento varias veces, siempre con éxito. Eso lo llevó a enviar un artículo a la Royal Society: rechazado. Se decidió a publicarlo a su costa: An inquiry into the causes of the variola vaccine ( La investigación sobre las causas de la viruela vacuna). La palabra vaccine ( vacuna) cobra un nuevo significado.

La inoculación de exudado variólico de vaca llegó a España en 1800. Francisco Balmis, médico de la Corte, se convirtió en un defensor entusiasta, lo mismo que el rey Carlos IV que había perdido a una hija afectada por viruelas en las Indias. Todo favorable para la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. Pero, ¿cómo llevar la vacuna? Entonces se trasportaba empapada en algodón y sellada entre dos cristales. Así se mantenía activa unos 10 días. Aunque no lo sabían, los virus morían. La cadena de frío es uno de los elementos fundamentales en cualquier campaña de inmunización. Balmis tenía una estrategia, que ya otros habían valorado: trasportarla en sujetos a los que se les inoculara. Consiguió que le autorizaran a llevar 21 niños, casi todos de un orfanato coruñés donde era rectora Isabel Zendal. Eligió niños porque era más probable que no hubieran pasado la viruela. La práctica consistía en inyectarles la vacuna por parejas. Cuando manifestaban signos se les extraía el líquido y se lo pasaban a otros dos, así sucesivamente. Sabemos los nombres de los 22 niños, uno de ellos, Benito Vélez de 9 años era hijo de Isabel Zendal. En las Indias fueron maltratados «mandó el virrey colocar los veinte y un niños galleguitos en el hospicio de pobres confundiéndolos en la miseria y asquerosidad de los mendigo» lamenta Balmis. Tras viajar por todo el subcontinente, Isabel Zendal se embarcó con Balmis rumbo a Filipinas con 25 niños mejicanos. Balmis dice de ella «la mísera Rectora que con el excesivo trabajo y rigor de los diferentes climas que hemos recorrido, perdió enteramente su salud, infatigable noche y día ha derramado todas las ternuras de la más sensible Madre».

Cuando en 1885 el químico Pasteur que había debilitado el virus de la rabia, inoculó a un niño mordido por un perro rabioso durante 10 días seguidos, se abría una nueva era.

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