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José Francisco Henríquez

La batalla campal de Madrid

Me da por decir con frecuencia que no me incomodan tanto las cosas que me disgustan como las cosas que no entiendo. Hay una afirmación mil veces repetida según la cual carecemos de estadistas. Lo nocivo no es eso, que ya lo tenemos descontado y nos hemos acostumbrado a acostúmbranos a ello, sino que lo que no tenemos son políticos que se parezcan a sí mismos, que no sean otra cosa sino el producto de la imagen y de la encuesta. ¿Se dirían auténticos? Lo auténtico, ya se trate de personas, o de las manifestaciones de las mismas, es lo que no puede dejar de ser lo que es, lo que no encaja en farsas. Oigamos a Woody Allen:” el hecho de que seas el eres es lo que te jode”.

Ver en un debate a la señora Ayuso poniendo “caritas sonrientes”, produce espanto. Pero voy al principio de este artículo, no me molesta tanto esa realidad palmaria como que no entienda que luego vayan a las elecciones y se le vote.

En plena campaña electoral, el 78% de los encuestados afines al partido conservador apoyaban un acuerdo con la extrema derecha. Nada importa que me disguste, pero importa que no lo entiendo. Esa gente normal que apoya al Partido Popular no sufre urticarias al gobernar con esa otra gente de Vox, que yo creía que ya no eran tan normales en la España de hoy. Derecha e izquierda ven la realidad deformada en espejos cóncavos que dan vida al esperpento.

Hemos vivido la España constitucional con el presupuesto de que Madrid era neutral, el espejo y la sumatoria de todas las forma de ver España. Y no captamos que en realidad Madrid fraguaba a fuego lento un procés, ellos no quieren irse de España, pero quieren que España juegue al ritmo, al riesgo y ventura con que lo hacen allí. Dice Ayuso que a la nueva forma de vivir Madrid.

Si la última palabra sobre Andalucía la tuvo Federico, la última sobre Madrid la tuvo Galdós que definía a Madrid como mezcla de desechos de ciudad y lujos de aldea. Pero entonces eran solo trescientos mil los madrileños. Los madrileños parecían estar dormidos, aunque en ningún sitio haya tanta diversidad por metro cuadrado. Son los manolos de Lavapies, chulos de Malasaña, chisperos de Chamberí. Todos con ropa de verbena distinta e imagen diferente. Incluso con un tonillo diferente al hablar. El madrileño, decía Gomez de la Serna es el primero que se pone las manos en los bolsillos antes de empezar a caminar. Tierno Galván afirmó que Madrid no necesitaba crecer y resumió la nueva identidad de Madrid con la movida. ¿Estaba dormida esa comunidad o era la tapada de la España de las autonomías? Porque lo real es que aparece un personaje de una vulgaridad intelectual insultante y dice que hay una peculiar forma de vivir a la madrileña.

En su libro sobre Madrid, Andrés Trapiello cita una admonición que le hicieron a Felipe II: si quería aumentar sus reinos que se llevara la capital a Lisboa, para mantenerlos debía llevar la capital a Valladolid, pero para perderlos, la capital debía ser Madrid.

Pero si hemos de entender a este nuevo Madrid en una sola noche hemos de seguir en su inolvidable deambular a Max Estrella y a Don Latino en Luces de Bohemia porque ahí nace una forma de mirar: el esperpento y una forma de gritar: ¡viva la bagatela!

El esperpento es un combinado a medio camino entre lo trágico y lo cómico. Valle los utilizaba para deformando la realidad poder acentuar un segmento muy definido de esa realidad. Pero los espejos que producían el esperpento estaban en Madrid solo en un establecimiento de un callejón. Hoy todo Madrid es el callejón del Gato. Valle entendía que lo más bello en un espejo cóncavo da por resultado una imagen absurda. Esa imagen produce al tiempo risa y ganas de llorar.

Viva la bagatela la usa Valle en clave de plagio, pero en sus Luces de Bohemia cuando tras afirmar que no aspira a enseñar sino a divertir afirma que todo se resume en una frase: ¡Viva la bagatela! Viva la bagatela es marca de cinismo y de escepticismo, de frivolidad. Como alivio entonces se esperaba a una juventud diferente, comprometida, colmada de atributos favorables. Hoy en España, este no es el caso.

Todo lo concluía Valle Inclán con una frase ominosa. “El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética deformada”. Hoy esa ciudad amable y acogedora, puede convocar a distintos ciudadanos ante el espejo cóncavo y el primero y muy votado aparecer en el espejo como un caradura y entonces la otra también muy votada es probable luzca como una gamberra. O una tercera como una tramposa. A Gabilondo el espejo no lo deforma. Acaso por eso no tiene votos.

Esto se tiene que acabar por favor. La orfandad que nos infligió a los españoles la sociedad civil catalana dejando andar a sus anchas a unos ridículos políticos supremacistas se redobla estos días cuando sabemos que muchos españoles también somos huérfanos de Madrid. Los españoles no podemos perder tanto en tan poco tiempo.

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