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Juan Carlos Laviana

Mirarse el ombligo

Los monjes hesicastas, cristianos orientales, en su empeño por encontrar la paz interior, tenían una pintoresca e innovadora forma de rezar. Su práctica coincidió allá por el siglo IV con la irrupción del yoga, con el que guarda gran parecido. A base de repetir salmodias y rezos, de inspiraciones y expiraciones muy profundas, los monjes acababan por dejar caer a plomo la cabeza sobre el pecho. Y quedaban así, en esa incómoda postura, mirándose el ombligo durante horas y horas.

La historia acabaría recordándoles por ser los inspiradores de la expresión que tanta fortuna ha hecho y que seguimos utilizando con profusión diecisiete siglos después. España parece encontrarse en una postura hesicasta crónica, no por la profusión de rezos y la insistencia en buscar la paz interior –si no encontramos la exterior, como para encontrar la interior–, sino porque los españoles nos mirarnos continuamente el ombligo.

En los últimos tiempos, esa postura se practica sobre todo en Madrid donde, en vez de romperse las olas que decía Machado, se rompen las crismas de todas las Españas. Madrid, “tú sonríes con plomo en las entrañas”, se puede leer en la parte menos repetida del poema.

En un reciente seminario de la Universidad Internacional de La Rioja, Emilio Lamo de Espinosa, presidente del Real Instituto Elcano, aseguraba que los españoles “tenemos una visión “nacional”, con frecuencia “regional” y “provincializada”. En suma, una corteza de miras “escasamente europea y menos global”. Al catedrático no le hizo falta descender al detalle. Pero cualquiera puede comprobar ese ensimismamiento en Cataluña, en el País Vasco y, ahora, en Madrid, que presume de ser la más cosmopolita de nuestras ciudades.

No hay más que oír los exabruptos que se repiten una y otra vez en la campaña de las elecciones regionales. Son como las salmodias de los monjes hesicastas. Con la gran diferencia de que en vez de conducirnos a la paz interior nos llevan a un estado de histeria colectiva que enciende la mecha de la confrontación pública. No se nos cae de la boca la letanía: “fascista”, “comunista”, “sanchista”, “ayusista” “populista”, “izquierdista,” “derechista”, “franquista”, ”voxista”…, como si de una oración tántrica se tratara.

En la campaña de Madrid, no se oyen propuestas sino consignas destructivas contra el contrario. “Comunismo o libertad” (Ayuso), “la democracia contra la ultraderecha” (Gabilondo), “se vota entre fascismo y libertad” (Iglesias), “ya va de democracia y fascismo” (Lastra), “contra el asalto comunista de Madrid” (Abascal). Los líderes políticos se han olvidado que, desgraciadamente, ni el comunismo ni el fascismo se han parado nunca con las urnas, sino más bien con métodos menos pacíficos y democráticos.

Los políticos en Madrid quieren llevar al electorado a una decisión sencilla, más propia de un referéndum: o esto o lo otro. Parece que siguieran las instrucciones del capitán Beatty, jefe de bomberos en “Farenheit 451”: “Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, pues le preocuparás; enséñale sólo uno. O, mejor aún, no le enseñes ninguno.”

Nuestros dirigentes han caído en el ombliguismo con más devoción que los monjes hesicastas. Quieren hacer creer a los madrileños que en sus manos está el futuro comunista o fascista de la humanidad. Les cargan con una responsabilidad ilusoria, y les ocultan que el futuro de España –estas son palabras del mencionado Emilio Lamo de Espinosa–, para bien o para mal, está fuera de España.

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