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Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

Ayuso triunfal

Todavía estaban tibios los restos nonatos del tripartito de izquierdas en la Comunidad de Madrid cuando empezaban a germinar, hediendo a cadaverina, las explicaciones mágicas. El admirable Manuel Jabois, en El País: “A la izquierda le han levantado una mayoría con un lema que han sido incapaces de contrarrestar”. ¿Pero de qué mayoría hablas, meu filiño? ¿No recuerdas que quien gobernaba era Díaz Ayuso? ¿En qué encuesta seria –excluyendo la mascarada del CIS, cuyo presidente sigue sin dimitir después de insultar a los votantes del PP– se establecía que una mayoría de izquierdas era más probable que una mayoría de derechas? En ninguna. Absolutamente en ninguna. Isabel Díaz Ayuso no le ha hurtado ninguna mayoría a la izquierda, ha construido la suya: 1.620.000 sufragios y más de un 44% del voto válido emitido. Y gobernará en solitario: Santiago Abascal ya afirmó anoche que Vox votaría su investidura sin proceder a repartos de poder. Tampoco puede hacer otra cosa: Vox apenas ha crecido un diputado. Su electorado no entendería que boicotease el nuevo gobierno ayusista. Su electorado está entusiasmado con la victoria de Díaz Ayuso porque la leen como una gozosa hostia a la izquierda en general y a Pedro Sánchez y a Pablo Iglesias en particular. De manera que la lideresa devora a Ciudadanos, contiene a Vox y consigue que el PSOE, por primera vez, sea tercera fuerza política en la Comunidad, y antes del último gin tonic de la noche puede colocarse el cráneo de Iglesias colgando del cinturón Gucci, al estilo de la fiera asesina de Depredador.

Por supuesto la izquierda hace el imbécil hermenéutico, siguiendo una entrañable tradición: José Luis Ábalos decreta que el PP se ha abrazado a la ultraderecha, un giro que, según los resultados que este animalito analiza, aplauden la mayoría de los madrileños. Ayuso se va por ahí, abrazando a fascistas, y de repente, visto y no visto, gana las elecciones. Pero qué perversa. Es el nivel de este sujeto, el secretario de Organización más ineficaz, ágrafo y quinqui que ha padecido el PSOE. Cada vez que veo a Ábalos, inconscientemente, me fijo si llevo calcetines blancos, tan inequívoca es su pinta de portero de discoteca suburbial. ¿Y lo de Pablo Iglesias? Se va porque lo convirtieron en un chivo expiatorio. No porque se equivocó de estrategia al encabezar la candidatura de UP, no porque es muy posible, y así lo avalan los primeros datos, que movilizara contra las izquierdas incluso a la derecha más moderada, no porque el guerracivilismo, como guión de campaña, sea un mojón que siempre te pringa las manos y se te deshace en la boca. Al mártir morado las brujas reaccionarias lo convirtieron en rana y se marcha melancólicamente dando saltitos. Errejón estaba feliz y maravillado, emborrachándose con un colacao doble y bailando un minué en su despacho.

Y, por supuesto, el hervor de las extrapolaciones. Uno no sabe nada, en caso contrario sería politólogo. Pero cabe sospechar que, por primera vez, Sánchez tendrá cierta contestación interna, aunque sin rastro de sangre ni exigencias rigurosas ni nadie me toque a Iván Redondo: el PSOE ha sido domesticado y miniaturizado por el sanchismo y nunca le supondrá un peligro. Tampoco convocará elecciones: solo faltaría. Hay que aguantar y esperar a que con un país vacunado, un turismo reactivado en otoño y el efecto económicos de los fondos europeos pueda llamarse a las urnas en el primer o segundo trimestre del próximo año. La novedad no estará el Gobierno, sino en la oposición de una derecha tronante y desprejuiciada, trumpista y cañí, liberal y al servicio de un establishment financiero y empresarial con el que lleva décadas trabajando para perfilar un modelo urbanístico y social no precisamente emancipador. Una oposición que desde ahora no está en San Jerónimo, sino en la Real Casa de Correos.

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