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Marrero Henríquez

Escritos antivíricos

José Manuel Marrero Henríquez

Imaginación

Busca en google «perrera de Bañaderos» y el primer resultado lo conduce a su página web. Pica en la web de la perrera y entra. No se llama «perrera» el lugar, sino «albergue de animales». Lógico, piensa el inmunizado, porque en el recinto no sólo hay perros, también hay gatos. No obstante, con el nombre «perrera» pasa lo que hasta antes de ayer pasaba con el término «alumnos», que era un término inclusivo porque se refería a niños y niñas. Y pensándolo bien la palabra «perrera» es mucho más inclusiva que «alumnos» porque además de referirse a los dos géneros, a perros y a perras, también se refiere a dos especies, perros y gatos, y tal vez, si ofrecieran en adopción burros, hurones y cacatúas, la palabra «perrera» ensancharía sus posibilidades y albergaría esas y otras especies en el recinto de su significación. El inmunizado se pregunta quién habrá querido que los términos «alumnos» y «perrera», otrora inclusivos, hayan pasado a ser excluyentes. La corrección política, que tiene efectos indeseables.

Mientras el inmunizado piensa estas cosas piensa también en la discusión agria que se estableció entre un diputado de Vox y la presidenta del PSOE de no recuerda qué mesa de no recuerda qué comisión de investigación a la que el diputado de Vox llamó «presidente». Piensa que, al margen de la mala intención del diputado de Vox, no hay nada malo en llamar a una mujer presidente. Al inmunizado le gustaría que el próximo presidente del gobierno de España sea mujer, y le da igual si se la llama presidenta o «la» presidente. Merkel, por ejemplo, es presidenta de Alemania, pero también es «la» presidente de Alemania; de ninguna manera «el» presidente de Alemania. Y la señora presidenta de la mesa de no recuerda qué comisión de investigación no debería haber entrado al trapo de un insulto que lo era más por su procedencia que por su contenido. Lo verdaderamente importante es que una mujer sea presidente, es decir, presidenta o «la» presidente. De hecho, al inmunizado, precisamente porque nada tiene que ver con Vox, le gusta pensar en «la» médico, «la» presidente, «la» abogado, considera que así el lenguaje refleja mejor cómo una conquista femenina obliga a que un término gramaticalmente masculino pierda la masculinidad de su referente y se transforme en un término gramaticalmente masculino que, antes no, pero ahora sí, da cuenta de mujeres y hombres.

El inmunizado se preocupa de estas cosas porque prefiere que la realidad cambie y, con ella, la percepción del lenguaje, antes que hacer carantoñas al lenguaje a ver si después la realidad cambia. Por eso, prefiere el término «perrera» a «albergue de animales», porque aunque «albergue de animales» es expresión más correcta para referirse a la variedad de animales que en sus instalaciones encuentran refugio, el lenguaje, que se adapta como plastilina a las nuevas necesidades, puede hacer que todo el mundo entienda que en la «perrera», además de perros hay gatos y, tal vez, también burros, hurones y cacatúas. No habrá entonces ningún problema en ir a la perrera a adoptar un gato. Además, qué más dará llamar a Ayuso «presidenta» o «la» presidente, ella, con su libertad de cañas y barro, ha conquistado con la superficialidad de su verbo al «pueblo» que, aunque gramaticalmente masculino, acoge en el seno de su significación a hombres y mujeres, jóvenes, adultos y ancianos, de la misma manera que «perrera», aunque gramaticalmente femenino, acoge, machos y hembras, a perros, gatos, hurones, burros y cacatúas.

Al inmunizado se la ha ido el baifo. Puede que mañana repiense el asunto y cambie de opinión. O que la mayoría, que sucumbe a la corrección política, no sancione sus deseos lingüísticos y no tenga más remedio que amoldarse a esa corrección política que el inmunizado considera que es la forma postmoderna de la censura.

Se detiene el inmunizado y reflexiona sobre la dirección de su discurso en un escrito antivírico que el narrador ha titulado «Imaginación». ¿Se ha ido por los cerros de Artenara? ¿Se le ha ido el santo al cielo? Vuelve a buscar en google «perrera de Bañaderos» y el primer resultado es otra vez «albergue insular de animales». Entra en la web y se le dan dos opciones, «perros» o «gatos». Pica en «perros» y aparecen 87 perros para adoptar. Todos tienen su nombre. ¿Quién los habrá nombrado? ¿Tendrá algo que ver su nombre con las características del animal? Blanquito, por ejemplo, que es un diminutivo que hace pensar en un perrito pequeño y dócil es en verdad un perrote potencialmente peligroso y, además, de color negro. ¿Será mejor llamarlo Sultán o tal vez será mejor resignificar el nombre y aceptar que Blanquito puede referirse a un perrote potencialmente peligroso de buen carácter y bonachón? Lissy es, como su nombre sugiere, un perrita pequeña y menuda, pero tal vez su carácter sea gruñón y agresivo. Nadie debería llevarse un perro engañado por la apariencia de su nombre. Por eso, se pregunta el vacunado a medias, ¿qué será mejor, cambiar el nombre o que el entendimiento de la realidad modifique el entendimiento del nombre?

El inmunizado no se deja llevar por las apariencias y se pregunta si Gruñón será un perro ladrador y malhumorado o un perro apacible, si Tocho será insistente y pesadote o independiente y divertido, si Fang tendrá en equilibrio esas cosas que llaman chacras, si Magé tendrá algo de guanche, si Ramón se hará el despistado, si Falete tendrá un ladrido peculiar y aflamencado, si a Aguiar le gustaría ser el jefe de una manada, si Cathy será tan hedonista como su nombre indica, si Dandy será elegante o chabacano, si Warrior será luchador o perezoso.

Compleja relación la de los nombres con la realidad, a veces muy oscura y de difícil elucidación. Lo que sí que tiene meridianamente claro el inmunizado es que quienes ponen los nombres de los perros y de los gatos de la perrera de Bañaderos tienen gran inventiva y que con su ejercicio de imaginación estimulan la imaginación de adoptantes y lectores. Muchísimas gracias.

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