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Juan Francisco Martín del Castillo

¿Por qué ha perdido la izquierda en Madrid?

La victoria de la «derecha alegre» ha ensombrecido cualquier reflexión de calado sobre la derrota de las izquierdas en la comunidad de Madrid. Nadie en su sano juicio pone en duda que la libertad ha ganado de calle en estos comicios, pero, en lo que respecta al descalabro de Gabilondo, Iglesias y Mónica García, son todavía pocos los que se atreven a aventurar un pensamiento más allá de las consignas partidistas. Por lo tanto, se impone un serio esfuerzo por explicar lo que las encuestas preelectorales ya anticipaban. Para este humilde columnista, son dos las razones que han hecho que la balanza se inclinase del lado de los populares. La primera es, singularmente, el acierto del discurso del hombre en libertad frente a las ansias intervencionistas. Y la segunda es el radicalismo de una izquierda desquiciada por unos planteamientos que la situaban casi en período bélico o, como también se ha dicho, por reducir la democracia a un código binario: o estás conmigo o, simplemente, en contra de mí, abocando al votante a un trágala ideológico.

Vayamos con la primera. Las izquierdas perdieron las elecciones desde el mismo instante en que distorsionaron la palabra «libertad» hasta llegar a negarla o, lo que es aún peor, dejar de entenderla como aspiración de los hombres. Podría dar multitud de ejemplos, pero me limitaré a solo uno de ellos, paradigmático en bastantes sentidos. En un artículo de Antonio Muñoz Molina, aparecido en el suplemento Babelia del diario El País, el sábado 24 de abril, a escasos días de la celebración de la votación, titulado La libertad de quién, se confirma de manera palmaria la sospecha. El autor, por lo demás uno de los faros de la progresía, cita a Sócrates: «Cuántas cosas hay que yo no necesito», haciendo partícipes a los lectores de que la libertad que blasona la derecha, él no la necesita, ni siquiera la busca. Craso error: esa libertad, la libertad sentida y ansiada por cientos de miles de madrileños en plena pandemia, no era algo a despreciar, y mucho menos a ignorar. Si el intelectual orgánico, en el lenguaje de Gramsci, fue incapaz de entender el anhelo del hombre común, qué decir del resto de los izquierdistas presos de las proclamas de partido. Así, pues, la razón inicial está conectada con la hipocresía de la ideología progre, esto es, el decir una cosa y hacer la opuesta. Decían representar al pueblo, a la gente de la calle, aunque, en el fondo, la despreciaban supinamente. Cuando la palabra “libertad” era un clamor entre los madrileños, que hasta en los bares colgaba de los techos, no se puede arengar a la parroquia ideológica trasladando el mensaje de que «las palabras son útiles para propagar la mentira». Lo incontestable es que esa supuesta mentira les ha estallado en la cara.

La segunda razón es paralela a la anterior. Me refiero a que la incomprensión del afán de libertades corrió pareja con el desafortunado lenguaje de las izquierdas. Utilizando un argot belicista, impropio de una democracia moderna, ubicaban a toda la derecha en el bando del fascismo sin distinción de personas e idearios. Grosero error que, a la postre, daría un ribete ético a la victoria de Díaz Ayuso. Me explico. El 24 de julio de 1916, Wittgenstein escribía en su Diario filosófico una entrada luminosa: «La ética no trata del mundo. La ética ha de ser una condición del mundo. Ética y estética son uno». Y esta condición, presente en la campaña de la «derecha alegre» y vitalista, hasta la supo captar Fernando Savater, en una columna publicada de nuevo por El País el mismo sábado que el artículo de fondo de Muñoz Molina. En sus palabras: «Si lo contrario a ese comunismo intervencionista… no es la libertad, se le parece mucho». Certeras palabras que las izquierdas no entendieron o, si lo llegaron a hacer, fue para afear la lección de ética política del donostiarra. De todo recibió el viejo profesor por parte de unas redes sociales encendidas por una ideología ajena a lo humano. Así, en un suelto meditado en extremo, el que fuera mentor de la socialdemocracia recapacitaba sobre la discordancia entre lo que se entiende por progresismo y un gobierno entregado al separatismo y los «bolivarianos de guardarropía». En fin, como insistía el pensador austríaco, ética y estética deben ser uno, aunque a la vista está que para las izquierdas que rigen España no es así. De ahí que este contumaz radicalismo en el lenguaje y en las ideas provocase un paulatino distanciamiento ente la ética del hombre y la política de las acciones. Y los madrileños, por supuesto, no lo olvidaron a la hora de depositar su voto en las urnas. En conclusión, y al margen de otras razones igualmente legítimas, esta dos, la ausencia de comprensión de lo qué es la libertad como valor y anhelo humano y el radicalismo ideológico, son las que han marcado la evolución negativa de las izquierdas en Madrid. Otra cosa será extrapolar esta visión al conjunto del país, pero, tal vez, en poco tiempo seamos testigos de un gran vuelco político en toda España.

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