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Apuntes

Dejemos atrás a Bananaria

Tanto va el cántaro a la fuente… En los días en que todo iba fenomenal, gracias al turismo y a los fondos europeos, una ola de locura y un incontenible afán de despilfarro recorrió España. Y Canarias en particular. De aquellos días de vinos, rosas, ladrillos y pelotazos, en que los billetes de 500 euros no eran rastreados por Hacienda quedan en pie muchos delirios inacabados.

Dos ejemplos, entre cientos: el famoso ‘mamotreto’ de Santa Brígida, y un bulevar invadido por los ‘rabos de gato’ y una enciclopedia botánica de malas hierbas, que acaba sin conexión dándose de bruces con la circunvalación en 7 Palmas.

Además, multitud de edificios abandonados apenas construidos, aquí y allá, moteando de estupefacciones las geografías insulares. La escultura del viento de César Manrique en La Puntilla ni siquiera puede ser restaurada porque el óxido ha corroído hasta su columna vertebral.

Hace años ya, apenas iniciados los 2000, comenté en un debate en Agüimes que la cosa era tan descarada que un día los trabajadores alemanes se iban a cabrear por la alegría con que en España se gastaban sus impuestos. Es una evidencia que cualquier solidaridad sale del bolsillo de los que dan. Y así fue: en 2008, cuando la crisis pinchó la burbuja inmobiliaria y fue el acabose, Ángela Merkel actuó conforme a este impulso tan alemán: austeridad, ahorro y mano dura.

En 2020, sin embargo, y ante la dimensión paneuropea de la destrucción pandémica, la misma canciller lidera una especie de ‘plan Marshall’ comunitario y ‘ad hoc’, pero con directrices muy concretas y con severísimos controles antes, durante y después del gasto.

Que tomen buena nota los alcaldes, los cabildos, las consejerías y, aparte de este bloque, toda la corte de llorones profesionales. Las instituciones, particularmente, tienen que abanderar una ética actualizada en el uso de las perras. No sólo hay que tener claros los objetivos, y que creen valor añadido, y que se cumplan los compromisos adquiridos, sino que los planes respondan a los criterios básicos de la ‘nueva sociedad’ que el coronavirus y la covid nos ha puesto delante de las narices.

Ya, ya, parece que todo el mundo tiene claras las ideas…pero mucho me temo que no sea así…exactamente, y que sigamos siendo la tierra, la ‘bananaria’, de las ocurrencias dichas, eso sí, con gran pompa y solemnidad.

Es básico tener algunas ideas claras y que los políticos aguanten las ganas de pasar a la historia porque a donde pueden pasar es al purgatorio del ridículo.

Pensaba en ello uno de estos días cuando una autoridad sonriente posaba por enésima vez en la ‘onda atlántica’, que más que onda debería de ser ola, por razones marítimas obvias. Mientras yo leía que la obra, un nuevo icono urbano, permitiría a los turistas descubrir Las Canteras, mi cerebro rebobinaba la noticia de que a unos metros se ha autorizado un gran cajón industrial para un astillero de grandes yates, o sea, cruceros pequeños. Hay un evidente descuadre.

La Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) (que en realidad, gracias a sus centros en Telde, Arucas, Lanzarote y Fuerteventura es provincial) ha tomado el liderazgo regional de la cordura en estos tiempos oscuros gracias a su Consejo Social, tan acosado por el reino ‘underground’, en inglés suena más elegante, de la mediocridad y la envidia. La iniciativa ‘Canarias Importa’, coordinada por el profesor Francisco Rubio Royo, Rector Honorario de la ULPGC, tiene, en la práctica, una faceta misionera en suelo descreído. Presentada en numerosos foros políticos, económicos, sindicales, sociales…, con una impronta muy alejada del estilo de romerías, chochos y pejines que es desgraciadamente tan habitual, trata de introducir en la mente colectiva una idea de progreso basada en el cambio responsable guiado, eso entendí, por las evidencias científicas, la experiencia…y el sentido común ‘in vigilando’.

Es muy importante ofrecer a la sociedad, en estas horas de dramáticas incertidumbres, dicho sea sin dramatismo añadido, ideas para un debate imprescindible. Además, es quizás la primera vez que la universidad canaria asume este papel de faro. La ULPGC nació de un amplísimo consenso social. Su gestación y nacimiento le impone una obligación moral que muchas veces ha descuidado hasta extremos de insensatez adolescente.

Cuando Canarias está ante uno de los desafíos más importantes, su contribución no puede estar acompañada de una factura ‘pro forma’ a quien encima la financia; es decir, no puede ser una ayuda condicionada, que no tiene en cuenta su compromiso de origen con la ciudadanía. Frente a este comportamiento el Consejo Social ha sabido estar a la altura de las circunstancias para lo que ha contado con el nuevo rector, Lluis Serra, que parece tener muy claras las obligaciones y deberes de una universidad que por sus orígenes es antagónica de una universidad atrincherada en sus muros con el más sofisticado material aislante conocido que es la endogamia y el endiosamiento.

Jesús de León y su equipo del CS, y Francisco Rubio Royo y sus desinteresados colaboradores, han de seguir con su predicación evangelizadora a ver si hasta en los ayuntamientos, barras y terrazas se toma nota de que, por ejemplo, el rotondismo está trasnochado, no es sostenible, es caro, más que el pito de un guardia municipal, sin duda, tiene efectos secundarios escondidos y no se integra en la mentalidad de la reconstrucción y el estilo de vida europeo. Amén…

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