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Se murmura insistentemente que después del éxito de Más País en las recientes elecciones autonómicas en la Comunidad de Madrid –en realidad el éxito consistió en ser la fuerza de izquierdas más votada, pero con apenas cuatro escaños añadidos a los de 2019, y una gran distancia del PP– Errejón y sus compañeros quieren acelerar la implantación de su franquicia en otros territorios, tanto comunidades como grandes ciudades. Los errejonistas están exultantes: creen que pueden consolidar un espacio político-electoral entre un PSOE que asume que jamás recuperará una posición hegemónica y un Podemos que se aproxima en las encuestas a la marginalidad. Más País puede crecer más pero, sobre todo, dispone de condiciones para defender una posición que pueda ganarse próximamente, por ejemplo, conseguir grupo parlamentario propio, seis o siete diputados, en las próximas elecciones generales.

Servidor no sabe muy bien lo que es Más País. En realidad sí lo sé, pero resulta enojoso explicarlo. Más País es una nueva operación de marketing del todavía joven Errejón. La primera fue Podemos. Es gracioso que haya conseguido, después de un esfuerzo considerable y frunciendo dolorosamente los morritos, convencer a muchos de que fue la víctima reformista y moderada del autoritarismo leninista de Pablo Iglesias. Errejón es el corresponsable de la estrategia política de Podemos desde su momento fundacional y su papel en la definición ideológica del proyecto fue incluso más intenso que el de Iglesias, no se diga del pelmazo de Monedero. Por supuesto que comparten la fascinación por el populismo reformulado como epistemología política y estrategia de transformación social por Laclau y Mouffle, sobre todo, por su teoría de la hegemonía. Al fin y al cabo eran pibes hegelianos y creyeron ver en Hugo Chávez y Evo Morales –por supuesto en la penumbra, como un capítulo mal trazado pero admirable, estaba Fidel Castro– la maravillosa encarnación de una nueva etapa histórica hacia a la síntesis socialista. A los primeros años de gobierno de Evo y su Movimiento al Socialismo dedicó Errejón, precisamente, su tesis doctoral. Por esas tierras promisorias anduvieron, haciendo turismo revolucionario –el pequeño Íñigo vomitaba mucho, padece de un estómago delicado– y cobrando, finalmente, jugosos contratos de asesoramiento. Lo más extraño es que creyeron que las experiencias políticas de Venezuela o Bolivia podría ser útiles para resolver anemias, conflictos y contradicciones en las democracias parlamentarias europeas. Intuyo que intuían que la crisis de legimitidad de democracias como la española, sometida a una agonía económica y presupuestaria, podría acentuarse y abrir un horizonte de grandes reformas políticas y económicas. En todo vieron una ventana de oportunidad. Y la aprovecharon con éxito.

Nada de eso queda, por supuesto, en Más Madrid. Los errejosnistas, como diría Goyo Jiménez, son bastante trendy pero sin caer en lo casual y con un punto urban que conquistan a los cuarentones y treintañeros de la clase media y que son progres pero detestan las coletas, sienten alérgia a narrativas épicas y sostienen que small is beautiful: una pequeña buhardilla, una pequeña hipoteca, un pequeño partido de camisas de El Ganso y bambas de 100 euros. El modelo ya no es Hugo Chávez, claro, sino el Hugo Boss que visten los Verdes alemanes, un partido más a la derecha aun que los decadentes socialdemócratas. Tantos discursos prohegemónicos, compromisos de ruptura y paliques revolucionarios para desembocar en esta modesta sauna ecológica para purgar los últimos pecados de grandilocuencia y ser, por fin, un político profesional. Yo veo a Juan Marques perfectamente cómodo en este pic nic. Lo que no veo es a Más País ni en el Parlamento de Canarias ni en ningún cabildo.

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