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Javier Durán

Javier Durán

Periodista

Diálogo científico

La aprobación por los países volcados en la investigación astrofísica del Telescopio Solar Europeo (EST) en el Observatorio del Roque de los Muchachos (Garafía, La Palma) reconfirma la necesidad, una vez más, de que Canarias como unidad, y no como califatos, se tome en serio el protagonismo de sus ventajas naturales para tratar de encontrar un modelo de progreso. La infraestructura singular, que recibe el visto bueno de un comité científico internacional de prestigio, nos conmina a aprovechar el éxito para pensar en las estrategias educativas, universitarias y socioeconómicas de las Islas. La organización de Canarias desde la sostenibilidad y el bienestar de sus ciudadanos no puede mirar hacia otro lado, mientras los que trabajan por la ciencia acumulan relevantes logros, como lo ha sido en el caso del EST y su finalidad: el mejor telescopio del mundo para descifrar las claves del sol, una estructura que permitirá hacer pronósticos sobre el comportamiento del astro de la misma manera que lo hace la meteorología, día a día, sobre las lluvias, el tamaño de las olas o la velocidad del viento.

El Instituto Astrofísico de Canarias (IAC) nació como tal en 1975, año simbólico por la muerte del dictador, hecho que quizás fue un estímulo para abrirse camino hacia la modernidad científica y hacia el reconocimiento del cielo insular como un valor extraordinario. Casi cinco décadas por tanto de crecimiento, de imán para los grandes institutos de astrofísica del planeta y sede de una auténtica internacional de países dedicados a gestionar y alimentar económicamente el activo científico, al que la comunidad autónoma también hace su aportación.

El efecto devastador de la pandemia, la recapitulación sobre la dependencia turística y la ingente cantidad de fondos europeos que espera Canarias son tres aspectos, que, de entrada, deberían provocar una curiosidad sana sobre cómo lo ha hecho el IAC. Tras el bloqueo por la covid-19, el Archipiélago no va a tener más remedio que replantearse su insularismo, ciertamente dominado como lobo político, pero vigente entre las élites científicas, muy desconectadas entre ellas, enquistadas en sus respectivas universidades, y más dispuestas a la rivalidad que al intercambio de conocimientos.

En la nueva era debe primar la horizontalidad, una fluidez que reparta los beneficios en cuanto a modelo de progreso. El IAC ha logrado superar las capillas científicas, de hecho el EST es un éxito gestionado junto al astrofísico de Andalucía. Los presupuestos públicos deben tener como objetivo la consecución de la transformación colectiva para no perder su sentido redistributivo, por lo que no estaría de más empezar a valorar dicha prioridad a la hora de asignar partidas a proyectos de investigación. El dialogo científico del IAC debe exportarse a otros campos de investigación en las Islas, como el mar y sus recursos naturales y energéticos, las energías alternativas o el turismo.

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