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José María Asencio Mellado

Tecnología y persona

Transformación digital e inteligencia artificial. La pandemia ha acelerado un proceso que ha adquirido excesiva velocidad, no espontánea, rompiendo la prudencia exigible en una suerte de revolución tecnológica que puede cambiar la forma de relacionarnos unos con otros, de ser y actuar, de pensar, de estar en lo cotidiano. Nada es ya lo mismo que hace poco y lo que se anuncia puede llevarnos a una nueva sociedad y un nuevo individuo, muy supeditado a la idea de beneficio económico y eficiencia estatal, con merma de los derechos más fundamentales. No pensemos, ni nos dejemos convencer de que esto es solo progreso; es una auténtica revolución que exigirá, de no moderarse, un precio elevado.

Estos meses han abierto la puerta a un desarrollo que puede haber roto ese tránsito ordenado hacia el futuro y con ello un escenario que desconocemos. Y no ha sido casual, ni esta transformación, que ha calado en la sociedad, que se ha hecho objetivo sin medir las consecuencias, ni los orígenes, ni los controles, ni los efectos, es fruto de la situación pandémica.

No voy a entrar a hablar sobre el significado neoliberal de la revolución tecnológica, ni de la idea de eficiencia de la Administración, que se traduce en ahorro de costes, incluso en la Justicia, revelando una crisis del modelo social que no parece inquietar a una izquierda que ha abrazado los nuevos dogmas con tanta irresponsabilidad, como aparente ingenuidad. Las viejas aspiraciones de la socialdemocracia son hoy sustituidas por reivindicaciones particulares; la redistribución de la riqueza, por consignas que hacen el juego a las economías de la globalización, cuyos intereses no peligran ante el desmoronamiento de un modelo social que se califica de capitalista, ante el que se ofrece la nada y en el que la revolución tecnológica pondrá en manos de las grandes potencias, basadas en criterios de mercado, la economía y las relaciones incluso entre el individuo y el Estado.

Quiero hablar del ser humano en sus relaciones ordinarias, en las que mantiene con sus próximos en los distintos órdenes de la vida, las que en este tiempo han cambiado tendiendo al aislamiento, a la comunicación mediata, a la ampliación del espacio virtual, mientras que mengua el espacial, a la intromisión en las esferas íntimas del ser humano como contrapartida inevitable que hemos aceptado obsecuentemente.

Nadie sabe si dentro de unos meses las cosas volverán a ser igual que antes o habrán cambiado hasta el extremo de ser sustituidas por esta novedad que tiene ventajas, pero muchos inconvenientes, demasiados y que, sin causa de justificación sanitaria, se impondría por razones estrictamente económicas que se satisfacen con personas controladas, consumidoras virtuales alentadas por la publicidad y los algoritmos que le empujen particularmente a adquirir lo impulsado, no lo necesitado o encontrado al azar.

Nadie sabe si la llamada docencia online, que no es docencia en el sentido en el que se ha entendido siempre la transmisión del saber, no solo de conocimientos, se hará normal. No olvidemos el concepto de eficiencia, de ahorro en los recursos. Que se establezca permitiría ampliar los grupos de alumnos y reducir el profesorado. Demasiadas ventajas para un Estado neoliberal disfrazado de modernidad. La Universidad privada ocupará ese espacio de siempre que la pública está en trance de abandonar con sus reformas absurdas y cuyo fin es el ahorro y el control. Y ahí estamos con una actitud complaciente que es muestra de que las reformas han dado sus frutos. A ello hay que sumar los exámenes virtuales con penetración de cámaras en el espacio íntimo del domicilio y el ordenador personal, sin ley que lo autorice y sin, por tanto, norma que establezca condiciones, requisitos y límites. Lo razonable no excusa la exigencia de legalidad previsible y cierta. El principio de legalidad no puede ser sustituido por la razón o la lógica en un Estado de derecho sometido al imperio de la ley.

Los encuentros virtuales de grupos de personas en actividades profesionales, que permiten la inmediatez y el diálogo, breve y conciso, pero que niegan la cercanía, la conversación íntima y la riqueza de la confrontación intelectual, serán la norma. Ahorro en viajes, pernoctaciones y, sobre todo, en contacto humano, en confidencias. Por no hablar de que nadie duda de que los avances tecnológicos permiten, mucho más de lo que imaginamos, un control sobre nuestras conversaciones, vidas y hacienda. Ventajas irrenunciables para cualquier Estado «moderno».

Pero, no quedará ahí el futuro. En el mundo de la Universidad y la empresa, se abre paso, aunque a ritmo muy lento y con escasos apoyos, pero con enorme capacidad de propagación, la idea de que los jueces son, por naturaleza, subjetivos y que la Justicia necesita de una mayor seguridad y certeza. Sustituir al Juez por la inteligencia artificial es cosa que no pertenece a la ciencia ficción. Ejemplos ya hay, especialmente en el mundo de los negocios en los que se impone la predictibilidad de la solución general, dictada por la IA, sobre la particular y propia, sobre la incerteza, se dice, de un proceso y un juez que juzga el caso concreto con todos sus matices. Todo homogéneo, seguro y común, dictado sobre la base de sistemas que, nadie debe dudar, son fruto de la inteligencia humana y de sus intereses. Especialmente los de los países que ostentan el poder tecnológico.

Una revolución que no es fruto de la improvisación. Ni, basta verlo, ajena a la globalización y a sus efectos menos deseables. Reflexionar es obligado y moderar los ímpetus reformadores, también. Igual conviene mantener lo que debe ser mantenido. Aunque sea viejo. O, precisamente solo por eso.

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