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Marrero Henríquez

Escritos antivíricos

José Manuel Marrero Henríquez

Ratificar

El inmunizado está sentado delante del ordenador cansado de buscar motos y de analizar el mercado de las dos ruedas en una época en la que no hay muchos vehículos porque con el coronavirus todavía dando vueltas los proveedores de componentes fallan y las cadenas de montaje se interrumpen. No hay en el mercado muchas motos usadas; imagina el inmunizado que dada la escasez de motos nuevas pocos propietarios estarán dispuestos a desprenderse de sus viejas monturas. Anda todo el mundo motero a la expectativa.

El asunto de las motos oculta un hecho fehaciente: que el inmunizado no quiere enfrentarse a la razón primera que lo llevó a encender el ordenador, que es la escritura de un capítulo para Tamesis Books sobre asunto de poética y de Antropoceno que tiene que entregar de manera inminente. Últimamente la carga de obligaciones en diversos y dispares órdenes de la vida le hacen especialmente difícil concentrarse en la escritura de ensayos académicos bien documentados y coherentemente hilados, y más, como es el caso, si ha de hacerlo en inglés, idioma que domina pero que está lejos de ser su lengua materna. Por eso el inmunizado en vez de concentrarse en su capítulo para Tamesis Books se ha puesto a marear la perdiz y a divagar por internet con el tema de las motos.

Pero todo termina y el asunto de las motos ya ha dado de sí todo lo que tenía que dar. Así que el inmunizado busca otra cosa que hacer para eludir su deber de escribir ese capítulo académico, busca algo que le sirva para postergar lo más posible la escritura de ese sesudo capítulo que tanto lo abruma. Y como no se le ocurre nada abre un documento nuevo y se queda mirando la página en blanco. Pasa un buen rato mirando esa página en blanco, pasmado, inmóvil, como ido a no se sabe bien qué lugar remoto. De repente, vuelve en sí, y toma una decisión. Va a escribir un escrito antivírico.

Mira otra vez la página en blanco y se rasca un ojo, el derecho, que siempre se le irrita. El brillo de la pantalla blanca es especialmente blanco y agresivo. Nada se le ocurre. Nada de nada. Nada. Hasta que al cabo de unos minutos de estar pensando en musarañas se le viene a la cabeza una palabra que escribe primero en el margen izquierdo y luego, como título, en el centro de la página y en negrita: “Ratificar”.

Gérard Genette, siempre tan certero, afirma que una novela es la expansión de un título, así que con lo que primero fue palabra al margen y después título centrado el inmunizado tiene la esperanza de poseer el germen de su escrito antivírico. Sólo tendrá que estirarlo y convertirlo en una página a un espacio, letra Times New Roman, cuerpo 12, márgenes estrechos. Si lo estirase más escribiría una novela, pero por ahora se conforma con terminar un pequeño escrito antivírico, el número 58 de la serie, que no es poco.

¿Por qué se le ha ocurrido la palabra “Ratificar”? ¿Y por qué ha pensado que puede ser un buen título? ¿Capricho? ¿Casualidad? ¿Intuición? El motivo debe ir más allá del simple significado de diccionario del verbo “ratificar”, que es “aprobar o confirmar actos, palabras o escritos dándolos por valederos y ciertos”. Uno se ratifica en una opinión, uno ratifica un acuerdo verbal con la firma de un documento, uno al casarse por segunda vez con la misma persona ratifica el contrato que fue el primer matrimonio dándolo por bueno y satisfactorio. En esas ratificaciones poco o nada hay de interés literario. Entonces, por qué, se pregunta el inmunizado, ha escogido ese título.

Recuerda que hay palabras que se llaman homófonas, que son palabras que suenan igual que otras pero que tienen significados distintos. Y sabe que hay palabras que son neologismos, es decir, palabras de nueva creación en una lengua. Para que la palabra “Ratificar” del título que se le ha ocurrido valga la pena tiene que ser una palabra homófona de la que aparece en el diccionario y también un neologismo. Su palabra “Ratificar” es homófona de la palabra “ratificar” que significa aprobar o confirmar actos, y es también un neologismo que el inmunizado en su escrito antivírico número 58 se da el gusto de introducir en la lengua española y que significa “convertir en rata”. Igual que se plastifica un papel o un documento de identidad, se puede ratificar a alguien, es decir, se le puede convertir en rata.

El inmunizado ratifica, es decir, convierte en ratas, a quienes promueven el consumo de plástico, ratifica a los machistas, ratifica a los violentos, ratifica a los populistas, ratifica a los corruptos, ratifica a los reguetoneros, ratifica a las barbies de cartón piedra, ratifica a los cirujanos estéticos por capricho, ratifica a los políticos corruptos, ratifica a la usura bancaria. Sí, los ratifica y los convierte en ratas. No obstante, para no ser injusto con esos roedores mamíferos que casi todo el mundo desprecia, el inmunizado ratifica a esos individuos indeseables señalando que lo hace figuradamente porque las ratas ya están ratificadas y porque son animalitos tan dignos como los demás, incluidos los seres humanos.

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