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Marisol Ayala

Un tsunami en el salón

Me han invitado varias veces a conocer cómo es vivir en un piso con seis niños entre 7 y 14 años, dos madres acogentes, una abuela, un tío y una puerta blanca que cuando la abres deja al descubierto una vivienda de tres habitaciones y un espléndido salón al que hay que acceder con cuidado para no tropezar con juguetes. El salón recuerda a una juguetería el día después de Reyes. Las mamás de la casa han tenido que ampliar la vivienda originaria y alquilar el piso vecino para alojar a la tropa menuda y ofrecer comodidad a la familia que vela por los pequeños. Esos familiares son imprescindibles en el orden y concierto del hogar. El día que pasé con ellas un joven pelaba papas y otra picaba verduras; el objetivo es preparar la comida de la casa tsunami para chicos y grandes, que son muchas bocas que alimentar.

A las madres de la casa las conozco hace años cuando una amiga me contó la historia de esas dos mujeres que se enamoraron y caminaron juntas hasta formalizar su unión. Cada vez que cae en mis manos una buena historia le doy mil vueltas antes de su publicación. Pero esta historia me pareció tan linda que el primer fin de semana la publiqué. Quise conocerlas, escucharlas. Me maravillaron. Los niños a los que han acogido dignificando su infancia, sus vidas. A cambio ellas reciben los cuidados de los pequeños. Por ejemplo, una de las mamás es diabética y sufre subidas y bajadas de glucosa que puede ser peligroso, pero ahí están sus niños enfermeros que cuando la ven dormida e inquieta no la dejan sola y le hacen un control analítico. Cada niño sabe cómo sacar de mami lo que quiere. Las llaman por su nombre salvo cuando no ceden. Un “¡venga ya, mamá!” y mi amiga se emociona y pierde.

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