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Este es el mejor de los gobiernos posibles, el que más crédito atesora para conseguir algo en lo que casi nadie piensa, ni siquiera lo desea. Sin duda alguna, este será el gobierno, si la diosa de la Fortuna no lo remedia, que pasará a los libros de historia por la merma geográfica de España. Mientras una horda enloquecida invadía la frontera ceutí y corría despavorida por las calles de la ciudad que limita con Marruecos, las miembras del ejecutivo llamaban la atención sobre el respeto a los derechos de los extranjeros que pisaban suelo español. Cuando las gentes se sentían temerosas por la irrupción de miles de descontrolados, en vez de interesarse por la suerte de los ceutíes, la Vicepresidenta de España, la señora Yolanda Díaz, alzaba la voz en defensa de los ocupantes. Insólito sería decir poco, vergonzoso se acerca más a la realidad.

Marruecos tiene un plan, uno muy bien definido, que los oficiales en posesión del Diploma de Estado Mayor conocen a la perfección. Es un plan que aparece magníficamente expuesto, con pelos y señales, en el mejor manual que existe sobre conflictos bélicos. Se trata del clásico de Carl von Clausewitz, titulado De la guerra, publicado justo a su muerte en el primer tercio del siglo XIX. En sus páginas, al alcance de cualquiera, se puede leer el guion que el reino alauita está siguiendo a pies juntillas. Lleva años ejecutándolo, incluso décadas, puesto que comenzó con el padre del actual Mohamed VI, y lo que pretende es ir poco a poco planteando, en lo que el estratega prusiano calificó como tiempos de “tensión y descanso” (Libro III, cap. 18), pequeños y sucesivos desafíos a la soberanía nacional a la espera de ver cómo reacciona España. Aznar, seguramente asesorado por una persona competente, lo supo intuir y, en la Isla de Perejil, pese a las risas de los ingenuos, respondió con firmeza al reto del vecino. Me temo que Sánchez y su particular tropa, especialmente las miembras de Podemos en la coalición, no han sabido captar el fondo del asunto o, por mejor decir, lo han ignorado culposamente. Lo cierto es que Marruecos abrió la valla de separación a miles de desesperados para comprobar el ánimo, resolución y posterior estrategia de los españoles en la salvaguarda de la frontera en común. Por ahora, mal que nos pese, van ganando en este último plano, el estratégico, ya que tienen a su vera, nada más y nada menos, que a los Estados Unidos de América y a los israelíes de Netanyahu.

Personalmente, como habitante de una zona limítrofe, estoy más que inquieto con un gobierno que se siente más próximo a los extranjeros que invaden nuestro territorio, y da igual la razón o el motivo que tuvieran, que de los nacionales que pueblan sus fronteras. Y esta preocupación, a la vista de la peculiar reacción de algunos personajes del ejecutivo, se acrecienta aún más. Por ello, la sociedad civil ha de estar en guardia frente a un gobierno que desatiende sus deberes principales, en especial, los marcados por los tres o cuatro primeros artículos de la Constitución Española. Es inútil y contraproducente hablar de ideologías en estos instantes, porque lo urgente es la integridad territorial de un país. Pero, por desgracia, no se observa con claridad la estrategia que practica este gobierno empachado de derechos. El lenguaje empleado por las autoridades es importante en cualquier circunstancia, pero en éstas se vuelve decisivo. Nuestro gobierno ha definido la situación como una “crisis humanitaria”, dando por zanjado el tema, cuando todos los españoles, y no sólo los militares y diplomáticos, sabemos lo que ha sido realmente.

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