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Las tribulaciones de un español (universitario) en España

Las tribulaciones de un español (universitario)  en España

Las tribulaciones de un español (universitario) en España

En esta época de incertidumbre (incluso sobre la propia existencia), información manipulada y opiniones pseudocientíficas, las dudas abruman al universitario español. No es fácil dar razones convincentes para el optimismo, cuando existe un paro endémico entre los jóvenes, el más alto de la UE, con una media del 40%. Pero hay que reflexionar e informarse, para vencer las dificultades y tomar iniciativas realistas, sin caer en una negatividad que conduce a un pesimismo inoperante.

España cuenta con 82 universidades (50 públicas y 32 privadas), sin incluir los centros asociados, integrados en una universidad principal. Alemania tiene 240 universidades, pero solo 43 son de prestigio, el resto son en su mayoría Fachhochschulen (escuelas de ingenieros técnicos), que no otorgan el título de doctor. En España, con una población del orden de la mitad de Alemania, sin la capacidad de la gran industria alemana, y con mas de un 90% de pequeñas y medianas empresas, no puede haber trabajo para el elevado número de graduados superiores.

Las sucesivas leyes universitarias (prácticamente todas socialistas) han facilitado progresivamente el acceso de alumnos a la universidad (los aprobados en la selectividad son superiores al 95%, un índice de la inutilidad de la prueba actual). Todo se reduce después a estudiar unos apuntes heredados, hacer algún trabajo, que se copia de internet, con bonitas figuras, sin enterarse del tema. Igual ha sucedido con el acceso al profesorado. Una vez que se pone el pie en un departamento, incluso sin tener la titulación propia del mismo, todo es arrimarse a un grupo de investigación y esperar a que se convoque una plaza con nombre y apellidos del concursante, y un tribunal que no pondrá dificultades. Sin competencia, la educación será muy “democrática”, pero inútil. Y no será igualitaria, porque algunas familias mandan a sus hijos a universidades privadas o al extranjero, para recibir una formación que sirva para algo. Lo mismo ocurre con el acceso a los centros públicos de investigación y si un investigador no consigue financiación para su proyecto, no puede hacer mucho mas que esperar a final de mes para cobrar el sueldo.

Para fortificar aún más las murallas contra la competitividad, se empieza a utilizar las lenguas locales como mérito para optar a un empleo en el sector público. Es una forma de justificar plazas de profesores en lenguas locales, y que muchos alumnos no tengan salidas profesionales fuera de su región. Todo lo contrario a lo que sucede en los países competitivos, exigentes y de elevada movilidad. En España, para compensar la escasa demanda de graduados en el sector privado, se ha creado un número excesivo de centros enseñanza y de investigación, museos y otras zarandajas, que se autoalimentan con los graduados y doctores que genera la universidad local.

Hace unos días en una universidad optaban a 23 plazas de administrativos 2.500 candidatos. Un sin sentido que no tendrá remedio con los sistemas educativo y laboral del sector público. Los universitarios canarios parecen decantarse por dos opciones: opositar o emigrar.

Ruta de las oposiciones

De lo ya expuesto, puede concluirse que las oposiciones están en retroceso, y méritos tales como tiempo de interinidad, conocimiento de la lengua cooficial y actividades de mercadeo (sin especificar), contarán mucho más que haber preparado un temario, con la consiguiente pérdida de tiempo y de poder desarrollar otras capacidades profesionales.

La legislación española reconoce contratos en prácticas, formación y aprendizaje, temporales e indefinidos. En las oposiciones a organismos públicos debería optarse a uno de ellos y no a un puesto de trabajo vitalicio, cuando quienes aportan sus impuestos para mantener al sector público no tienen otra alternativa que los contratos citados. Es posible que para algunos puestos de alto nivel (jurisprudencia o diplomacia) sea necesaria una formación específica, que en Francia se ha resuelto con sus Grandes Écoles y que fueron instaurados en el siglo XVIII, exigiéndose un gran nivel para el acceso y un régimen de disciplina y estudio casi militar.

Ruta de la emigración

La emigración fue una opción para los españoles en la década de los 60, que ha decaído por saturación del mercado, su deficiente conocimiento de idiomas y escasa preparación. Únicamente en el sector sanitario, que en los tiempos actuales realiza un trabajo heroico, sigue habiendo alguna oferta. En los demás sectores los contratos son precarios y no relacionados con la titulación.

Mas aún, allá donde vayan se encontrarán con la competencia de profesionales de la antigua Europa del Este, que, aunque en sus países de origen tienen tasas de desempleo casi simbólicas, emigran para optar a mejores trabajos y remuneraciones. Ciudadanos de esos países, en las áreas sanitarias, viajan al Reino Unido los fines de semana, para hacer guardias en hospitales. Su buena acogida, es una señal inequívoca de su preparación y dominio del idioma.

Y, por si esto fuera poco, España no tiene buena imagen en el exterior. En las cadenas de TV extranjeras se dan reportajes de vandalismo (batallas campales en Cataluña y lanzamiento de cascotes en Madrid), invasiones masivas de emigrantes en zonas turísticas, e inseguridad jurídica. Suele ser una táctica de los medios audiovisuales, proyectar sucesos negativos del extranjero, para que el espectador se sienta satisfecho en su país. Pero esta situación no contribuye a dar empleo a los derrochadores españoles (así nos ven en Holanda y Finlandia), a atraer turistas y menos aún a incentivar inversiones industriales.

La universidad española es auténticamente surrealista. Su “democratización igualitaria” con un nivel en declive, no atrae a alumnos extranjeros, y menos aún si la docencia se imparte en una lengua local. Curiosamente, la mayor publicidad de cursos de español para extranjeros, en las universidades de Estados Unidos, procede de universidades catalanas, cuando en Cataluña no se permite rotular en español y se intenta hacer de éste un idioma proscrito. Pero, “la pela es la pela”. ¿Y cómo justificar que graduados superiores se matriculen en módulos de formación profesional al finalizar los estudios para conseguir empleo?

El lector que haya llegado hasta aquí, puede estar asombrado de algunas afirmaciones. Pero, en buena parte, no son nuevas, se trata de un resumen de análisis ya publicados.

Sería muy aventurado aconsejar a los universitarios sobre sus opciones, al tratarse de una decisión personal, pero se comprende su situación, similar a la de aquel magnate Kin-Fo, de la novela de Julio Verne “Las tribulaciones de un chino en China”. Vale la pena leerla, si no se leyó en la adolescencia, ya que de la misma puede concluirse que se puede llegar a un final feliz, y de paso conocer las idiosincrasias de la mentalidad china, que quizás no haya cambiado mucho desde 1879 (año en que se publicó la obra), y será crucial para que los jóvenes orienten su futuro.

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