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Antonio Perdomo Betancor

Objetos mentales

Antonio Perdomo Betancor

La negación de la meritocracia

Recientemente ayudé inopinadamente a una señora a levantarse del suelo sin saber por la inmediatez y repentino movimiento en que me vi envuelto, si se había desmayado o es que padecía una deficiencia motora, a pesar de lo cual, entendí enseguida que pedía por caridad a las puertas de un supermercado de una prestigiosa marca comercial. Probablemente la ayuda que requería se debía a su propia incapacidad para incorporarse por sí sola, a causa de su sobrepeso supuse posteriormente, y por la energía que tuve que emplear para incorporarla.

En esta situación, automáticamente la mente me expuso por su cuenta, porque la mente opera de un modo incompresible para la conciencia de cada sujeto, ante la pregunta de qué demérito o parte de responsabilidad tiene cada cual con lo que como personas nos ocurre. Hay una corriente de pensamiento en la que destaca el filósofo Michael J. Sandel, quien señala que la meritocracia no existe, que carece de sentido tal y como la habíamos concebido, y que el mérito es devenido desde una posición sui generis, atribuyéndolo a las circunstancias familiares, económicas, genéticas y de otra índole para justificar la base de los logros individuales, y por consiguientes de los bienes y servicios que una persona disfruta en la sociedad. De su estatus social, en suma. Sandel niega el mérito del individuo. Ello depende de la circunstancialidad, subraya. Niega pues la meritocracia, y por supuesto los esfuerzos, los desvelos, sacrificios, la voluntad que cada persona se impone para alcanzar los objetivos que se haya propuesto, pues su logro lo debe a la mera circunstancialidad. Entendiendo por ello, claro está, el marco contextual en el que cada individuo vive inmerso desde su nacimiento.

Asimismo, me encuentro con la reflexión del filósofo Jean Paul Sartre según la cual necesariamente estamos destinados como individuos a ser libres, porque de lo contrario- dice Sartre- seríamos simples cosas, meros objetos, sin capacidad de reacción. Nada diferentes tampoco en ese aspecto de los fósiles, las rocas, los árboles, por ejemplo. O sea, seríamos catalogados, según este parecer anti-meritocrático, por una civilización exobiológica junto a las otras cosas, de los objetos que pueblan el espacio, por ejemplo. O en el mejor de los casos seríamos percibidos como seres cosificados, semovientes. Y naturalmente dudo que alguien, dotado de plena conciencia, se piense o se quiera naturaleza predeterminada, y no por puro antropocentrismo nos sentimos distintos a las cosas, sino que si nos tratan como tales cosas reaccionamos para exigir la dignidad que nos caracteriza. Somos un sujeto moral. Nos sentimos creídos, pues, poseídos de una dignidad esencial.

En este escenario de pensamiento negacionista de la meritocracia aplicada a los hechos fácticos en que nos vemos concernidos, su efecto nos aboca a una existencia inalterable. Sin competencia para actuar ante una adversidad ni capacidad de elección. Según este pensamiento un personaje harto conocido como Messi o Cristiano Ronaldo, por caso, padecerían también de la misma incapacidad de ser de otra manera. Necesariamente serían lo que son. No tendría otra posibilidad. Serían esclavos de una fuerza superior que les impide la libertad de acción y estarían condenados per se a la esclavitud o, expresado en otro lenguaje, arrojados a los brazos de un determinismo rígido. Y, por consiguiente, esos personajes habrían llegado a ser inevitablemente los astros del fútbol mundial se lo propusieran o no.

Esta posición materialista e igualitarista nos lleva a la base de una ideología en la que la naturaleza, no importa cuál sea su contenido, resulta privatizada (las habilidades, virtudes, talento, genio...), pues tales cualidades son independientes del sujeto, porque no les pertenecen al considerarse susceptibles de ser disociadas. Así absolutamente desnudo, el hombre queda expuesto, desposeído, también excluido de su soberanía, para permanecer a merced de la voluntad de algo distinto y extraño a su voluntad. Y, por tanto, nos hallaríamos ante un hombre enajenado de sí mismo y extraño a su propio destino.

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