Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

La polimorfa indignación

Las posibilidades de la indignación son infinitas. Si existe un derecho implícito pero continuamente reclamado y ejercido en los últimos años es el derecho a la indignación, que incluye, por supuesto, elegir libérrimamente el objeto de la misma. Ayer, en la tribuna del Congreso de los Diputados, un zancandil de Unidos Podemos, un tipo que parecía recién salido de un bingo a las dos de la mañana, estuvo un buen rato indignándose con el gobernador del Banco de España. Ya se sabe que el BdE ha publicado que, según un informe técnico de su Servicio de Estudios, la última subida del salario mínimo interprofesional había costado más de 100.000 puestos de trabajo. El diputadete se enfurecía contándolo y, al final, gritó que había que correr a gorrazos a Pablo Hernández de Cos, un piernas que es licenciado en Derecho, doctor en Ciencias Económicas, profesor universitario y (curiosamente) jefe de la división de Análisis de Políticas Económicas del Servicio de Estudios del BdE entre 2007 y 2015. El diputadete fue muy aplaudido por sus señorías de Unidos Podemos (Alberto Rodríguez casi se rompió las manos de puro entusiasmo) y volvió a su escaño muy ufano. Ni un argumento, ni una cifra, ni un miserable análisis propio o ajeno Nada. Solo sus babas efervescentes. Eso basta.

Desde luego siempre existieron curiosas morfologías de la indignación. Recuerden lo que ocurrió cuando Arthur Conan Doyle decidió matar a Sherlock Holmes. Una oleada de protestas se desató por toda Inglaterra: cartas en los periódicos, telegramas como relámpagos a la editorial, manifestaciones callejeras. Y, por supuesto, misivas –a menudo sin firma – dirigidas al novelista y, por lo general muy poco amables. En algunas lo tildaban de asesino, todas coincidían en que Conan Doyle no tenía ningún puñetero derecho de eliminar a Holmes. Pero, al fin y al cabo, aunque el motivo de la indignación podría ser irrisorio, al menos el sentimiento era auténtico, y no una sobrerrepresentación grimosa para usos publicitarios. Tras el cabrero de los lectores no había una ideología ni un algoritmo. Por entonces indignarse en el espacio público era inhabitual, si no estrafalario; hoy es un requisito imprescindible, una nota de respetabilidad, una prueba de lucidez y de decencia. Quien no se indigna ha pasado a ser sospechoso. Estoy por decir que quien no se indigna y no manda a correr a gorrazos a los que detesta, por el suficiente hecho de detestarlos, es medio fascista. La indignación es precisamente eso: una protoideología que apuntala la sentimentalización del discurso político. Hay que estar indignado si quieres que se te tome en serio. Todo son ventajas: la indignación se alimenta a sí misma y no exige pensar, cuestionar, debatir, sintetizar nada.

Alguien ha descubierto ahora que el vocablo “canariedad” no está recogido en el diccionario de la Real Academia Española y, por supuesto, se ha indignado de inmediato. Incluso ha formulado la pregunta formalmente y se le ha respondido que la RAE no reconoce la expresión “canariedad”, lo que ha excitado más aun a los tontoculos. Cuando la RAE señala que no reconoce una locución no está negando una realidad fáctica, no está negando lo que esa palabra refiere, sino simplemente informando que el término en cuestión no está incluido (al menos todavía) en su diccionario. Esta obviedad no ha sido suficiente para frenar la caudalosa hemorragia de tonterías en las redes sociales. Desde los que proponen presionar a la Real Academia –quizás lanzando pellas de gofio virtuales en twitter – a los que declaran gallardamente que jamás volverán a consultar el diccionario de la RAE, rabia roñosa ruina. Actitudes que ilustran maravillosamente sobre la madurez y orientación que se pretende autocentrado y reivindicativo, pero que en realidad es introspectivo, irrelevante, pueril.

Compartir el artículo

stats