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Javier Durán

Reseteando

Javier Durán

Periodista

Calle mayor

Por casualidad o por causalidad sucedió que antes de que Tomás Gimeno engendrase la vil idea de hacer desaparecer a sus hijas, miles y miles de espectadores de este país vivieron una especie de conmoción colectiva al conocer por Rocío Carrasco la situación límite a la que le había llevado la presunta utilización de sus hijos por su expareja. La hija de la cantante contó para su relato con un formato televisivo privilegiado que no solo permitió un conocimiento extensivo de su sufrimiento, sino también poner voz a un tipo de maltrato donde los hijos son piezas claves para conseguir la destrucción o autodestrucción del oponente. En realidad, el caso de Olivia y Anna ha sido como una desgraciada pedagogía sobre cuál puede ser el desenlace de una situación de la llamada violencia vicaria, que puede ir desde el chantaje a la manipulación a partir de los acuerdos económicos alcanzados, y que tiene su máxima expresión de crueldad en el aniquilamiento de vidas humanas.

A medida que se sucedían los capítulos, en un segundo plano, aunque no menor, se levantaba un debate sobre cómo los tertulianos y cazadores de exclusivas se habían desprendido de todo tipo de escrúpulos, se habían convertido en seres amorales para llegar a beneficiosos acuerdos económicos que dañaban a Rocío Carrasco gracias a los manejos de su expareja. En un singular examen de conciencia, los psicópatas de la carnaza reconocían en abierto su contribución al cerco social y familiar sobre la protagonista, acosada como “mala madre”, con lo que admitían su culpa aspirando, de paso, a un blanqueamiento de sus acciones pasadas, yéndose de rositas. La visión resultaba escandalosa: los cómplices del acoso y derribo de Rocío Carrasco siguieron -y siguen allí-, sin ningún tipo de consecuencia, pese a que una ministra y otras dirigentes políticas manifestaron públicamente su apoyo a la víctima. En el contexto, no faltaron a los que les resultó hiperbólica la manifestación de dolor de la joven, a la que algunos atribuyeron un común desequilibrio emocional producto de su inmadurez y fantasía.

La violencia machista en España siempre está adobaba por lo que todos han visto -y animó a los que no la han hecho- en Calle mayor, obra maestra de Juan Antonio Bardem, espacio urbano absoluto donde campan las maldades humanas más caníbales, pese a su aura de inocente paseo a la fresca. Creo que las biografías de Olivia y Anna, sobre todo de su madre, llevaban desde hace tiempo con la baraja marcada, sometidas a la intolerancia de un señorito cebado por la protección que da una rúe trufada de hipocresías que perdonan las arrancadas de burro, sin darse cuenta de que al final están herrando al monstruo para planificar su momento más narciso: pasar a la historia de la calle mayor con una tragedia que arrambla familias, ocupa periódicos y televisiones, y le da la seguridad que nunca tuvo.

A estos individuos deshidratados les dedicamos más atención que a la madre que recibe los golpes o que tiene que oír amenazas sobre la vida de sus hijos. Se trata de la esencia de la lacra, la superestructura que mantiene el andamiaje, la misma que alimentó la inquina que casi no acaba con la vida de Rocío Carrasco, y seguro que similar a la que ha permitido que Tomás Gimeno transite por el mundo como una hiena agazapada llena de rencores muy bien camuflados. Nadie supo interpretar hasta dónde podía llegar, o quizás solo dijeron lo que se dice en las Islas al verlo en trance colérico y agresivo, que los tuvo: «las cosas de Tomás».

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