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Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

Como hilos de niebla

Para empezar un artículo que no gustará a nadie, no me ha gustado nada de lo que han escrito ustedes sobre el hallazgo del cuerpo de la niña asesinada por su padre y lo que se deriva razonable y espantosamente del mismo. Voy a ser más preciso: sus chorradas me han provocado desprecio, asco, náuseas. No me refiero únicamente a tantos y tantos periodistas y escribidores y onanistas del micrófono y enamorados de la cámara y nunca viceversa. La asquerosidad era perfectamente previsible en estos casos – un espacio donde se fusionan la ignorancia, la avilantez, la bajeza y el narcisismo nunca defrauda – pero obviamente se ha multiplicado en las redes sociales. No hay nadie que no haya dejado de proclamar, cinco minutos después del hallazgo, que estaba destrozado, aniquilado, aplastado por la noticia para luego tomarse un cubata o dormir la siesta. Y hay que decirlo y en su caso repetirlo y retuitearlo y compartirlo y vuelta a empezar con exhortaciones, análisis, excomuniones, gritos, susurros, elegías de chichinabo, preces, dibujitos obscenos. Al parecer es un instinto exhibicionista irreprimible: debe expectorarse horror, indignación, rabia, asombro, y no para conseguir ninguna catarsis ni menos todavía como acto de solidaridad –parlotear nunca lo es – sino, precisamente, para formar parte del acontecimiento excepcionalmente macabro y, por eso, fascinante. Tienen que garabatear su diminuta proclamación en la piel de la monstruosidad; nunca entenderán aquella línea de Elías Cannetti: “Enmudeció por miedo a los adjetivos”.

El silencio era hasta hace no mucho una expresión de respeto, discreción, pudor. El silencio era, en sí mismo, una suerte de liturgia en el que se diluía cualquier exceso, cualquier inconveniencia, cualquier futilidad. El silencio se compartía como un arma contra la intrusión y la insignificancia., una prueba de civilidad, una solidaridad del decoro. Y el silencio no se entendía como perpetuo: era un momento de reposo y de intensidad pacífica. Después se hablaba. Durante minutos, durante años, a veces durante toda una vida.

Ahora no. Ahora vomitar truculencias, necedades y gemidos es simultáneamente puro deber informativo, un rasgo estilístico y la forma más común de la empatía. Ahora no se calla nadie porque, en realidad, ahora mismo no hay nada que decir, y eso es incompatible con la economía de la atención que demandan los medios, y eso es (también) demasiado atroz porque supone mirar lo ocurrido directamente, escrutar el espanto inimaginable – demasiado imaginable en realidad -- sin la distracción de nuestra propia verborrea. Ese inmenso basurero verbal en el que pueden encontrarse necedades y canalladas sin límites. ¿Quiere elegir una imbecilidad ruin y maligna? No sé, por ejemplo, insistir en que también hay mujeres que asesinan a sus hijos, lo que tranquiliza mucho a los descerebrados que creen que en esta atrocidad no son evidentes las señales de un machismo exacerbado que cumple su sueño de un dominio pleno y absoluto a través de la muerte: mataré a tus hijas para convertirte en una muerta en vida.

No, no es posible, pero en estos días el silencio debería ser la melodía del apoyo humanamente posible, como en aquella flauta que imaginó Rafael Sánchez Ferlosio en Alfanhuí: “Me explicó cómo era la flauta. Dijo que era al revés de las demás y que había que tocarla en medio de un gran estruendo, porque en lugar de ser, como en las otras, el silencio, fondo, y el sonido, tonada, en esta el ruido hacía de fondo y el silencio daba la melodía. La tocaba en medio de las grandes tormentas, entre truenos y aguaceros, y salían de ella notas de silencio, finas y ligeras, como hilos de niebla”.

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