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Jorge Dezcallar

El amigo americano

Las cosas han empezado a cambiar con la llegada de Joe Biden y la prueba es su viaje a Europa estos días para reunirse con el G7, con la OTAN y con los dirigentes de la UE. Tony Blinken ha dicho que Washington desea «una Europa entera, libre, próspera y en paz» y parece mentira que haya que decir estas cosas, pero el paso de Trump por la Casa Blanca lo ha hecho necesario porque entre nosotros sigue viva la desconfianza y el temor a que EEUU vuelva a las andadas, sobre todo si Trump ganara las elecciones de 2024. Y también porque sigue habiendo algunos irritantes en nuestra relación, como son el reciente acuerdo europeo con China sobre inversiones (cuya ratificación se ha puesto en el congelador), el gasoducto Nord Stream 2, que Washington cree que aumentará nuestra dependencia de Rusia, o las sanciones impuestas por EEUU a algunas de nuestras exportaciones.

Cinco son las áreas más importantes en las que la relación trasatlántica puede crecer hoy: comercio, política exterior, defensa, tecnología y clima. Quizá el comercio sea lo más complicado porque Trump enarboló la doctrina egoísta del America First, apoyó el brexit, impuso sanciones a nuestros productos, dificultó nuestras relaciones con Irán o Cuba, bloqueó la OMC y creó en conjunto un mal ambiente que todavía no se ha desvanecido. Con Biden las cosas han mejorado, aunque su eslogan proteccionista de Buy American o su búsqueda de «una política exterior para la clase media» expliquen que todavía persista una cierta desconfianza por nuestra parte, que no mejora con el mantenimiento por Washington de algunas sanciones (que Biden ha suspendido mientras se negocia una solución).

Los europeos también queremos que se levanten las restricciones a las licitaciones públicas en EEUU, que pueden ser muy golosas con el vasto plan de infraestructuras que allí se ha anunciado. En política exterior y defensa las perspectivas son buenas, pues europeos y americanos compartimos la fe en el multilateralismo, la democracia y la economía de mercado, al mismo tiempo que rechazamos el modelo autoritario que defienden China y Rusia. Una mayor concertación diplomática respecto de estos países, la lucha común contra la pandemia, la recuperación económica, temas de derechos humanos, Irán o Corea del Norte parecen al alcance de la mano, aunque siempre sin renunciar a nuestros principios e intereses, que no son necesariamente idénticos, como ocurre respecto de China. En defensa –y a diferencia de Trump–, Biden piensa que la OTAN es «la piedra angular de todo lo que esperamos conseguir en el siglo XXI», y por eso su visita esta semana es otra indicación de regreso a la normalidad.

En el ámbito tecnológico, los europeos proponemos una «alianza digital» y un «reglamento» para controlar el poder de las poderosas compañías tecnológicas estadounidenses, facilitar la colaboración en Inteligencia Artificial, asegurar la protección de los datos y combatir el odio y la desinformación on line. También está el problema del llamado «canon digital» que cobramos algunos países europeos (como España) y que los EEUU consideran como una persecución a sus grandes compañías tecnológicas, cuando solo tratamos de defendernos de su predominio.

La reciente iniciativa del G7 de un impuesto mínimo de sociedades de un 15% puede contribuir a disipar estos recelos. Para tratar de todos estos asuntos hemos propuesto la creación de un Consejo Trasatlántico de Comercio y Tecnología. Y last but not least, el clima. Tras un presidente que simplemente negaba que fuera un problema, el ambiente ha cambiado totalmente tras la cumbre convocada por Biden en abril, el regreso norteamericano al Acuerdo de París, el nombramiento de John Kerry como enviado especial y sus recientes compromisos para cortar emisiones de aquí a 2050. Es previsible una mayor concertación a ambos lados del Atlántico con vistas a la 26 COP de Glasgow en noviembre. Sigue habiendo diferencias entre nosotros, desconfianza e intereses no exactamente coincidentes, y por eso en unos campos se avanzará más que en otros pero de lo que no cabe duda es de que el ambiente ha cambiado y que las perspectivas de cooperación trasatlántica son hoy mucho mejores.

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