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Juan Francisco Martín del Castillo

Los peligros de la educación por ámbitos

En la comunidad valenciana ha habido, recientemente, una manifestación de los profesores en contra de la imposición y extensión de la enseñanza por ámbitos de Primero a Segundo de la ESO. Al parecer, el seguimiento de la convocatoria ha sido bastante amplio, en especial, entre aquellos docentes que, con la reforma educativa, verían mermadas las horas de sus respectivas asignaturas. Pero, por favor, que esto no les confunda: no es una reivindicación por la carga horaria de las disciplinas, ni siquiera un esfuerzo por la mejora profesional. Si se piensa en estos términos, jamás se llegará a entender la llamada de auxilio de estos profesores. En realidad, lo que está en juego es el futuro de la educación y la calidad de la misma.

Es mi deseo, en solidaridad con los compañeros movilizados en las calles de Valencia, que se comprenda el fondo de la cuestión y, por ello, haré uso de variados ejemplos de lo que es la educación por ámbitos y los peligros que la acechan. En primer lugar, expondré lo que puede ocurrir con las Matemáticas, para luego adentrarme en una disciplina humanística que le sirva de natural contrapunto. De este modo, se obtendrá una visión de conjunto de los riesgos que se asumen al aceptar este nuevo modelo pedagógico para todas las etapas educativas. Por fortuna, las Matemáticas son hoy impartidas por especialistas. Ello hace que estos tres capítulos, la explicación, transmisión y evaluación de los conocimientos, merezcan, cuando menos, una valoración positiva. El alumno sabe que la persona que está sobre el estrado domina lo que enseña, pero, con la aplicación de los ámbitos, la cosa puede cambiar significativamente y, por desgracia, hacia mucho peor. Con estas áreas tan generosas como difusas, que abarcan, bajo una misma competencia clave, asignaturas como Física, Ciencias Naturales o Biología, el resultado de la enseñanza puede ser engañoso y contraproducente para el progreso académico de las materias y, por supuesto, del propio alumno. Depende, en suma, del docente que desempeñe la labor y, cómo no, de su preparación específica. Como decían los clásicos, primero saber y sólo después enseñar (primum discere, deinde docere). Si, para el caso, el profesor designado es un biólogo, es más que evidente que aquellos aspectos que no tengan relación directa con su formación merecerán una atención menor, quedando las Matemáticas o la Química expuestas a no recibir el trato que, de seguro, ahora tienen en las aulas españolas. Todavía más: dudo mucho que un biólogo afronte con la debida solvencia temáticas como las identidades notables, las inecuaciones o las ecuaciones de grado, presentes en el currículo oficial de la ESO. Así, pues, el peligro es que, aun obteniendo el alumno el ansiado éxito escolar, tal aprobado ocultara la ignorancia en áreas tan importantes como las señaladas. La calidad educativa, ya de por sí deteriorada con tanta reforma legislativa, se resentiría aún más hasta poner en situación de riesgo la línea de progreso del estudiante a lo largo de su periplo formativo. Y si esto es válido para Secundaria, no cuesta imaginarse lo que ocurriría con la etapa voluntaria, el Bachillerato, antesala de la universidad.

Otro tanto sucede con las asignaturas de perfil humanístico, porque al incluir en el ámbito a Geografía e Historia, Lengua Castellana y demás materias afines, el alumno recibirá una formación, no tanto basada en un currículo en particular, cuanto centrada en un batiburrillo que sacrificará el rigor de las disciplinas tomadas de una en una. Por lo tanto, lo poco que se sepa de Historia, quizás lo ignoren de Lengua, por ser el docente, en su origen, un especialista en lo que antes se llamaban Ciencias Sociales. Y lo mismo pasará si, por el contrario, la enseñanza la imparte un profesor de Latín o Inglés, tal vez más interesados en fijar los conocimientos lingüísticos esenciales. En fin, creo que el mensaje está lo suficientemente claro. El peligro de la educación por ámbitos es la pérdida paulatina del rigor académico en una inmolación convenida hacia el éxito escolar. Una vez más se confirma, por si hiciera falta, que los falsos atajos en la enseñanza siempre llevan al punto de partida. Desde luego, mejorar en el nivel educativo de los jóvenes no debería equivaler a jugar al solitario. Quiero decir que las peores trampas son las que uno mismo se hace. Los ámbitos llevan al descuido y la ignorancia de lo más importante, el deseable progreso del conocimiento en las aulas.

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