Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Lamberto Wägner

Tropezones

Lamberto Wägner

Citas y cavilaciones

Me estoy percatando cómo últimamente van cayendo en desuso las citas clásicas a las que nos tenían acostumbrados Cervantes con su Don Quijote, o Shakespeare a través de sus obras de teatro, o la Rochefoucauld con sus cínicas reflexiones, por citar unos ejemplos. Y cómo frente a muchos de sus dichos descolocados por la modernidad, las nuevas generaciones tienden cada vez más a sustituirlos por las reflexiones de personajes más próximos y populares, como Groucho Marx, Woody Allen o algunos escritores contemporáneos de los que marcan tendencias.

Yo no sé si eso es bueno o no, pero por lo menos sus citas son más próximas a nuestra realidad y suelen dar en una diana con la que nos identificamos más fácilmente.

Por detenernos en Woody Allen, el cineasta se permite incluso hacernos cómplices de su intimidad, confesándose de las razones por las que a su juicio merece la pena vivir. Se las voy a enumerar, para que puedan contrastarlas con las suyas propias: «Groucho Marx, Jimmy Connors, el segundo movimiento de la sinfonía de Júpiter, el Potato Head Blues de Louis Armstrong, algunas películas suecas, La educación sentimental de Flaubert, Marlon Brando, Frank Sinatra, esas increíbles manzanas y peras de Cézanne, los mariscos de Sam Wo, y el rostro de Tracy». Es toda una declaración de amor a nuestras aficiones y hobbies más entrañables; iconos culturales (musicales, plásticos, gastronómicos, deportivos, literarios y cinematográficos) o modelos sentimentales. ¡Cómo iban a sernos indiferentes!

Por curiosidad y cierta manía por la simetría he tratado de plantearme cuáles podrían ser esas razones por las que vale la pena vivir a juicio de Cervantes y de Shakespeare.

Y me doy cuenta que es forzosamente una investigación condenada al fracaso. Porque así como contrastamos sin problema la experiencia vital con la obra de nuestros contemporáneos, las vidas y milagros de estos clásicos se pierden en las brumas del siglo XVII. Sabemos de la timidez y tartamudez del joven Cervantes, de todas las calamidades sufridas a lo largo de su vida, de su matrimonio huérfano de pasión, y aunque nos consta su afición a la lectura y al teatro, desconocemos sus aficiones y sus gustos. Y se nos hace cuesta arriba por otro lado reconocer en Cervantes a un refinado hidalgo o a un primitivo Sancho.

En cuanto al coetáneo Shakespeare, la tarea es más ardua si cabe. Se desconoce prácticamente todo del gran literato. Se le supone, por ser lo que imperaba en la época, cierto gusto por la caza y la pesca. Se especula también con su afición por el backgammon y el ajedrez. Y queda naturalmente a mano asignarle algunas aficiones de los personajes de sus obras. Pero ciertamente es todo muy especulativo.

Como no puede ser de otra manera; ante un autor del que incluso se polemiza sobre si fue el verdadero creador de las celebradas obras de teatro; ¿pero cómo llegar a intuir siquiera si le chiflaba el macramé?

Compartir el artículo

stats