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Manuel Ángel Santana Turégano

Laborismo, totalitarismo y catastrofismo histórico

Hace ahora 75 años, a principios del verano de 1945, la II Guerra Mundial se seguía librando en el Pacífico pero había terminado en Europa. Tras la ocupación de Berlín por el Ejército Rojo de manera paulatina se iban consolidando regímenes comunistas, bajo el dictado de Stalin, en los países del Este de Europa. Se podía pensar que, en cierto modo, la lucha de las potencias occidentales contra el totalitarismo fascista se había acabado saldando, en buena medida, con el triunfo del totalitarismo estalinista.

En este contexto, cuando a principios de julio de 1945 el Partido Laborista ganó por primera vez las elecciones en Gran Bretaña no sólo se generó un gran revuelo (que llevó a que el resultado no fuera oficial hasta finales de ese mes) sino que no faltó quien afirmara que el triunfo era obra la propaganda soviética. Pensemos en lo que podía representar para la opinión pública del momento que triunfara un partido que afirmaba que iba a crear un servicio nacional de salud o un servicio nacional de viviendas, entre otras cuestiones.

Entre 1945 y 1951 el gobierno laborista británico, liderado por Clement Atlee, creó el National Health Service (NHS, Servicio Nacional de Salud), nacionalizó las minas y los ferrocarriles, otorgó la independencia a la India y Pakistán y además construyó más de un millón de viviendas públicas. Pero el Reino Unido no dejó de ser en una democracia para transformarse en un régimen socialista totalitario, sino que siguió siendo una democracia, hasta el punto de que, tan sólo algo más de 30 años después, con la llegada de Margaret Thatcher al poder se volvieron a liberalizar los ferrocarriles, si bien otros servicios como el de salud han permanecido siendo públicos.

Ahora que parece que empezamos a ver la luz al final del túnel de la pandemia no faltan quienes ven por todos lados los riesgos del totalitarismo en el nuevo mundo que se va configurando. Cuando algunas medidas de un gobierno democrático intentan desarrollar políticas que podrían considerarse «de izquierdas», próximas al laborismo, el gobierno es automáticamente tildado por ciertos medios de «totalitario social-comunista». Por otro lado, cuando se proponen medidas, a veces por parte del mismo gobierno, que podrían considerarse más cercanas a las propuestas tradicionales de la derecha, enseguida surgen voces en otros medios calificando a quien las propone de «totalitarista fascista».

Se ha dicho infinidad de veces que quien olvida la historia corre el riesgo de repetirla. Claro que esa frase da por sentado que la gente conoce la historia. En estas semanas en que los medios se han hecho eco de las preguntas contenidas en la EBAU (Pruebas del Evaluación del Bachillerato) se hace evidente el poco conocimiento y cariño que la sociedad le tiene a la historia: se crean polémicas, por ejemplo, acerca de si las pruebas de matemáticas eran demasiado exigente o no, pero no acerca de si las futuras generaciones tendrán un conocimiento adecuado de la historia. Y lo cierto es que en nuestro país ya son muchas las generaciones con un mal conocimiento de la historia. Sería bueno que dejáramos de recurrir al catastrofismo histórico. Por más que Ángela Merkel dijera que la pandemia es el desafío más importante que ha enfrentado Europa desde la Segunda Guerra Mundial, no tiene sentido que cada vez que un gobierno intenta sacar una medida con la que alguien no está de acuerdo se agite el fantasma de la guerra, el totalitarismo y se amenace con una catástrofe de proporciones bíblicas. Claro que, para eso, quizá sería necesario que tuviéramos un poco más de cultura democrática. Mucha gente se confunde y piensa que como en democracia los gobiernos son elegidos por el pueblo (por la mayoría del pueblo) eso quiere decir que si un gobierno intenta sacar adelante una propuesta que no es respaldada por «la mayoría del pueblo» es un gobierno totalitario.

Aprendamos de la historia: hace 75 años, en el Reino Unido, desarrolló su programa un gobierno que fue visto por muchos como la antesala de la llegada del totalitarismo soviético, sin que ello significara que Gran Bretaña se acabara convirtiendo en una república soviética. Aunque quizá sea bueno para quienes intentan agitar a las masas, no es sólo que el catastrofismo histórico no sea bueno. Es que ni siquiera es fiel a la historia.

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