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Luis M. Alonso

Mascarillas, puntos suspensivos

Este Gobierno que ha decidido quitarse del todo la careta anuncia ahora en vísperas de los indultos el fin de las mascarillas en espacios abiertos. Se puede decir que esta sí es una medida de gracia justa para con los españoles y acorde, en cualquier caso, con las que se están tomando en el resto de Europa a la vez que avanza el proceso para inmunizar a la población. Los llamados expertos, esa minoría silenciosa que se pronuncia en los medios de comunicación y en las redes sociales, ponen objeciones: sostienen que no es comparable el aire libre que circula por una ciudad en hora punta al de una montaña. El rodaje en exteriores no siempre es igual, eso ya lo sabíamos, y piden que se delimiten los términos.

El uso de las mascarillas en esta larga pandemia ha sido desde el inicio un campo de batalla de contradicción. Muy al principio, cuando el riesgo de contagio era mayor, los “expertos” se mostraron contrarios a la utilización de las máscaras, quiero suponer porque escaseaban, y debido a la escasez se intentó hacer de la necesidad virtud recomendando que no se usasen porque su eficacia era limitada. Poco tiempo después se impuso la mascarilla como algo inevitable para evitar males mayores, algo que parece lógico y razonable teniendo en cuenta la facilidad vertiginosa de la transmisión vírica. Pero tampoco entonces hubo intentos loables por razonar como es debido su utilización; de hecho su utilidad en espacios abiertos o en lugares donde se pueden garantizar dos metros de distancia está por demostrar. Deberían haber afinado algo más en las instrucciones de uso, teniendo en cuenta la incomodidad que supone llevarlas, desde el punto de vista respiratorio, el de la comprensión y el estético, sin contar el visual para los que usamos gafas y no nos resignamos a no ver por tenerlas constantemente empañadas. Los “expertos” siguen dando palos de ciego, imagínense los que no lo son. Buena noticia la de las mascarillas.

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