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Desirée González Concepción

Mirando despacito

Desirée González Concepción

…Y fueron felices, a pesar de la mascarilla

Hace nueve meses el gobierno dio luz verde para que comenzaran las clases el 15 de septiembre. Con gran expectación y con el miedo metido en el cuerpo, los profesores retomamos nuestra labor en las aulas. Cierto es que todos nos mostrábamos bastante escépticos; las encuestas improvisadas entre el claustro no apostaban por más de un mes de clases antes de un nuevo confinamiento. Cientos de niños en un recinto cerrado, 25 alumnos por aula, hora de comer sin mascarilla, niños de infantil a cara descubierta… sin duda, el panorama espantaba al más intrépido. Mientras en Canarias se esperaba una nueva ola de Covid, profesores y maestros saltaban al ruedo sin más burladero que una triste mascarilla. Todo apuntaba a un final no muy halagüeño.

Terrazas, restaurantes, tiendas, teatros,… todos mantenían un estricto límite de aforo. Medidas de seguridad extremas en el exterior, sin embargo, en el cole se establecen grupos burbuja para evitar contagios masivos. Grupos burbuja, pero con 25 personas en un espacio de no más de 40 metros cuadrados. Desde luego, con la que estaba cayendo en España, era como tirarse de un avión sin paracaídas. Aquellos profesores que no podían compartir ni tan siquiera una comida familiar los fines de semana, de lunes a viernes debían asumir el complicado papel de mantener el tipo en primera línea de fuego. Un rol para el que muchos no estaban concienciados. Destacar además los profes que, aún con problemas de salud tales como hipertensión, asma bronquial, diabetes,… se mantuvieron al pie del cañón sin estar eximidos de desempeñar su trabajo por sufrir tales patologías.

Y llegaron los niños… mochilas cargadas de libros nuevos y la ilusión reflejada en sus ojos. Ilusión por reencontrarse con sus compis y profesores después de un duro confinamiento. En una semana normalizaron acudir al cole con mascarilla y asumieron perfectamente la idea de no poder relacionarse con los compañeros de las otras clases. Incluso aceptaron de buen grado la norma de no poder utilizar balones por aquello de minimizar los contactos. Un riguroso plan de contingencia, entradas y salidas controladas, reglas necesarias a todas horas,… que nuestros «campeones» acataban sin rechistar ya que entendían que eso evitaría un nuevo aislamiento en sus hogares.

Realmente pienso que tan solo los que hemos estado en relación directa con los coles, logramos entender el esfuerzo casi sobrehumano que han derrochado los equipos directivos, los profesores , personal de limpieza, personal de comedor, de administración, cuidadores, porteros, las familias y por supuesto los niños, que han ofrecido lo mejor de sí mismos. Hoy, último día del curso, podemos manifestar orgullosos que, gracias a la colaboración de todos, acabamos el año sin apenas contagios ni confinamientos de clases.

No quiero acabar sin resaltar la enorme labor emocional que hemos desplegado los profesores para con nuestros alumnos, estando a la altura de las circunstancias; acompañando a los niños en todo momento, superando dificultades y haciendo todo lo posible para que nuestros pequeños y no tan pequeños se olvidaran del virus y fueran felices en las aulas. Desde nuestra responsabilidad moral como educadores nos veíamos en la necesidad de «compensar» a los niños por este año totalmente anómalo. Un año en el que la Covid, paradójicamente, nos ha separado y a la vez nos ha unido más que nunca. Como sabemos, los obstáculos nos ayudan a crecer y éste ha sido pues un año de gran aprendizaje. Sin lugar a dudas, una gran lección de vida para todos.

¡Gracias, feliz y merecido verano!

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