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Javier Durán

Reseteando

Javier Durán

Periodista

Manolo Millares y su ciudad

La venta en subasta de un Homúnculo de Manolo Millares por 460.000 euros -a algunos les parecerá calderilla- valdría como otro momento estelar más para subrayar la ingratitud de su ciudad con él. Ha habido desde siempre argumentos archiconocidos sobre su repercusión en el arte contemporáneo para tratarlo con ponderación, rebasando «las técnicas de la mezquindad» a las que se refirió a la hora de agitar las estrechas perspectivas del provincianismo. No se entiende como el CAAM no lleva el nombre del fundador del grupo El Paso en vez de unas anodinas siglas que, dicho sea de paso, funcionaron como opción en un periodo -los 90- donde lo más marketiniano para un museo eran las abreviaturas. La única que se tomó en serio crear un centro de arte dedicado a la obra de Millares fue la derecha, con José Manuel Soria y con Pepa Luzardo, iniciativa que tenía Altavista como objetivo, pero que decayó por razones geoculturales que desconozco, aunque les invito a investigar para una tesis o trabajo de fin de grado. Hay razones públicas para ello, porque el Ayuntamiento capitalino, gobernado por el PP, se gastó sus buenos cuartos en comprar a los herederos del pintor varias obras que hoy están colgadas en una sala de reuniones de las Casas Consistoriales. Un inmueble emblemático, sobre todo tras su rehabilitación modélica por los arquitectos Pepe Sosa y Magüi González, pero que no deja de ser una dependencia histórico-administrativa y con poco fuste como espacio museístico. Resulta penoso ver las arpilleras de Millares en una sala semioculta que se recorre en un pis pas. Sería positivo que el Cabildo enmendara tanta ausencia de empatía con el creador dándole un lugar significativo en el futuro Museo de Bellas Artes que albergará el San Martín, sometido a reformas. No es lugar este para exponer los valores de Manolo Millares, pero si para referirnos a una de sus desventajas frente a otros que lograron un reconocimiento obeso en sus lares: murió joven, en 1972, en los últimos años del franquismo, sin poder estrujar la democracia.

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