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Fernando Canellada

Azul atlántico

Fernando Canellada

Periodista

La buena sidra de Valleseco

La manzana nada ha tenido que ver con la condena de Adán y Eva. Ni ha sido la fruta del pecado original. Ya desde aquellos tiempos las fake news han tenido su efectos sobre la realidad. Ni una línea del Génesis atribuye a la manzana el tropiezo de Eva ante la tentación de la serpiente. Viene a cuento el recuerdo bíblico para aligerar la mala prensa de la manzana, esa fruta tan querida, estudiada, escrita y analizada, y que en Valleseco se ha convertido en emblema municipal, lazo de hermanamiento con tierra asturiana, y materia prima del lagar grancanario que elabora la mejor sidra del Archipiélago.

El aruquense Ángel Tomás Domínguez Ponce con sus caldos, elaborados, conservados y embotellados en el Lagar de Valleseco, como se lee en la etiqueta de sus botellas, se diría que ha puesto una pica en Flandes, es decir, en la patria sidrera por excelencia y ha logrado tres medallas en un campeonato internacional celebrados en Asturias: dos oros con su sidra espumosa y la espumosa semiseca; y una plata con la espumosa brut. Todo un acontecimiento. No hay enemigo pequeño, debieron pensar en Nava.

Merece la pena tomarse una botella de sidra, o dos, bien fría, del Lagar de Valleseco. En un caluroso verano se agradece y esos por aquí nunca fallan. Aunque algunos amigos de Valleseco sobresalen como estudiosos y conocedores de la historia del agua, también cultivan y defiende la riqueza de las manzanas y sus jugos. Y como ellos, el mismísimo alcalde Dámaso Arencibia se ha convertido en un buen promotor de la sidra.

A diferencia de los amantes del vino, entre los sidrófilos no existen lealtades a machamartillo a lagares y etiquetas. La mejor sidra del mundo es la que guste al paladar de quien la consume. Y la de Valleseco es un placer.

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