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Observatorio

¿Una nueva crisis de los mercados financieros?

El título, quizá excesivamente sugerente, no pretende alertar de una nueva crisis en ciernes, pero, si se produjese, probablemente sería por alguna de las causas que comentaremos a continuación.

1) Niveles elevados de valoraciones de activos. Algo recurrente antes de una crisis relacionada con caídas virulentas de los mercados de valores. Si utilizamos la medida más habitual (en las acciones), que es la relación entre el valor de una compañía y los beneficios que genera en un año, los niveles actuales de esta métrica (denominada «ratio precio a beneficio») hoy se encuentran muy en línea con los existentes antes de las crisis del 2000 (burbuja de internet) y 2007 (crisis de Lehman y, posteriormente, Gran Recesión). Es decir, probablemente demasiado altos. Esto es así porque los inversores piensan que los beneficios futuros de las empresas tienen que ser mucho mayores que los actuales por los efectos de los históricos estímulos fiscales (especialmente en los EE UU) así como por el ahorro «embalsado» por los confinamientos, que se acabará traduciendo en un gran impulso del consumo de las personas. Mientras tanto, los bonos mantienen también sobrevaloraciones históricas, como demuestra que gran parte de las «curvas de tipos» coticen con rentabilidades negativas ante los fortísimos estímulos monetarios que han puesto en marcha los bancos centrales. Algunas fuentes citan que el conjunto de estímulos fiscales y monetarios pueden haber alcanzado en algún momento los 20 billones de dólares, algo así como 20 veces el valor de todo lo que produce la economía española en un año, o el equivalente al valor del Producto Interior Bruto americano. Lo nunca visto.

2) «Exuberancia» de la actividad en los mercados. Millones de operadores particulares se han lanzado a la utilización de programas informáticos de contratación, «arengados» por chats de internet como tampoco se había visto hasta ahora. Los llamados day traders, a través de programas (vía algoritmos) que automatizan recomendaciones, han generado situaciones delicadas como en el conocido caso del bróker on-line Robin Hood, en este momento bajo el escrutinio de la Comisión de Valores americana (SEC). Los mismos que estimulan las compran de criptomonedas, como el bitcoin, generando volatilidades que, eso sí, tienen más un efecto mediático que real, ya que todavía manejan cantidades de inversión que son sólo una fracción del volumen de activos financieros «tradicionales» en el mundo.

3) El auge de la inversión «indexada». Cada vez más, los inversores no desean seleccionar los mejores valores, sino que buscan una «exposición de riesgo» igual a la que ofrece el mercado, a través de fondos que lo único que hacen es replicar los índices representativos de esos mercados. Lo cual es, eso sí, la solución más barata para invertir. Esto a lo que conduce es a que los valores más deseados (por ejemplo, los valores de tecnología y los llamados «verdes» o «sostenibles» en 2021) cada vez pesen más en los índices, concentrando las sobrevaloraciones en sectores donde ya hay mucho dinero invertido.

4) Nuevas fórmulas para introducir empresas en las Bolsas sin un nivel de información y escrutinio de mercado suficiente. Hasta ahora, una empresa empezaba a cotizar después de un proceso de venta pública transparente (por supuesto, complejo y costoso). Ahora, a través de las denominadas SPAC, una compañía sin activos (también denominadas «cascarón») se fusiona con otra que quiere salir a cotizar y aquella le «presta» su «ficha» para que el proceso de cotización sea casi automático. El ritmo de crecimiento de las SPAC empieza a ser considerado como una auténtica «burbuja».

Pero ¿habrá entonces una nueva crisis financiera? La realidad y la historia nos demuestran que, por sí solos, ninguno de los anteriores factores tiene entidad suficiente para crearla. El problema realmente vendría de una confluencia en el tiempo de estos cuatro elementos perturbadores.

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