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Observatorio

Consejero espiritual pospandemia

Consejero espiritual pospandemia.

Consejero espiritual pospandemia.

Me preguntó qué había aprendido en el rodaje de El comensal que no supiera. Dado que hacía más de una década que yo no dirigía cine, la pregunta era pertinente. Como ante casi todas las cuestiones que dan en la diana, me quedé en blanco. Respondí intuitivamente, y lo primero que se me vino a la cabeza es que había tomado conciencia de que en el trabajo las relaciones humanas son delicadas y a la vez fundamentales.

El rodaje comenzó exactamente el día después de que se levantaran el estado de alarma y sus restricciones. El lunes 10 de mayo, un grupo de 70 personas de las que unas se conocían bien y otras nada, emprendimos juntos en Bilbao el mismo camino de trabajo y convivencia estrecha. Simultáneamente la ciudad despertaba de un sueño similar al de la Bella Durmiente. El País Vasco y Navarra, donde estaban localizados todos los escenarios de El comensal, salían de largos meses con cierres perimetrales que impedían no solo salir de la comunidad autónoma, sino del municipio de cada cual. Toques de queda y limitaciones muy severas de aforo y horario para la hostelería y las actividades públicas habían sido soportadas con disciplina y responsabilidad por toda la población. Con el fin del estado de alarma llegó la sed de salir, reunirse y moverse libremente. Mientras vascos y navarros celebraban el avance de la vacunación, el retroceso de los contagios y los reencuentros, nosotros trabajábamos enclaustrados en el universo particular y cerrado que es el rodaje de una película, la construcción física de una realidad paralela, la materialización concreta, tangible, de un cuento, palabras en un papel que es el guion.

Mis compañeros de equipo me llevaban ventaja no solo porque, como cualquier técnico, el número de películas en las que han participado es muy superior al de un director, sino porque ellos se habían reincorporado a los rodajes meses atrás. Yo salté directamente del teletrabajo de escritora y los zooms esporádicos a estar rodeada de otros seres humanos con los que debía interactuar 11 horas al día. Interactuar, coordinarme, escuchar, hacerme entender, exigir, ceder… Desayunar y comer. En fin, lo que es ser director de cualquier empresa, en este caso una que trabaja bajo la presión de un calendario inamovible, un presupuesto limitado y debe ofrecer resultados positivos al final de cada jornada sin fallar una.

Será por el contraste con el aislamiento y el ritmo pausado de la pandemia, pero he tomado conciencia de lo delicado que es manejar las dinámicas emocionales y psicológicas de un equipo. Mis errores, mi frustración expresada o contenida, según los días, me ha llevado a profundizar en mis limitaciones como persona, que no son, como sospechaba, de orden técnico, sino humanas. La técnica suele darnos miedo. Nos crea inseguridad no saber los secretos de una máquina, su teoría y su método, pero la técnica se aprende con práctica y estudio, mientras que no se termina de dominar nunca la autenticidad que evita asperezas en el roce sentimental e intelectual cotidiano y que propicia la desenvoltura frente al otro, ante sus demandas y sus carencias, ante sus diferencias.

Si administrar los silencios en la conversación es tan crucial como en el cine, en el teatro o en la música, en el espacio de trabajo no digamos. Respetar al otro cuando la jerarquía impone distancias, reglas y hasta consecuencias negativas es sencillo. Incluso se agradecen lo cargos y títulos que anuncian la categoría de cada cual y el trato que debemos dispensarle. Pero tras el pacto que es una jerarquía debe de haber algo más difícil de conquistar, que es el respeto, el merecimiento de esa autoridad y, sí, la delicadeza hacia el otro. Si la psicología del trabajo y los coach de moda en los últimos años hasta ayer me parecían un nuevo giro del capitalismo para exprimir a los empleados, ahora creo que no nos vendría mal a muchos un terapeuta de guardia en el tajo igual que hay botiquín o técnico covid. ¿Cuándo hablar? ¿Cuándo callar? ¿Cómo dominar la ira, la frustración ante la desidia o el fallo de otro? ¿Qué hacer con el autoritario?¿Cuándo pasar por alto y cuando señalar? ¿Y cómo señalar bien? En toda oficina haría falta un consejero espiritual centinela que nos orientase sobre las dificultades con los compañeros, subordinados y superiores, no para ser más eficientes y producir más a menor coste, sino para hacernos menos daño unos a otros y a la vez, ser más nosotros.

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