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Juan Francisco Martín del Castillo

La dictadura progre

No puedo estar más de acuerdo con Andrés Trapiello. Como a él, lo que uno ha vivido es la razón principal de buena parte de sus opiniones y convicciones. Si al leonés, el mundo cultural le merece una calificación muy precisa, la mía sobre el mundo educativo no dista mucho de la suya. En ambas realidades, la izquierda, la progresía, el fenómeno progre en suma, son todopoderosos. La disensión, el pensar diferente al rebaño, no es que sea imposible, pero puede marcar el destino de una vida. Así, Trapiello cuenta o describe los males provocados por el progre en el hecho cultural patrio, donde incluso ha llegado a ser perseguido por sus ideas contrarias a la mayoría biempensante. Y uno, por su parte, ha puesto negro sobre blanco sobre la idiosincrasia del progre en la esfera educativa.

Tanto en Trapiello como en el que firma, la experiencia acumulada durante muchos años es lo que producido la natural eclosión de unas opiniones que, mal que pesen, dan la versión de una realidad que para algunos -lo asumo- puede resultar increíble a estas alturas. Únicamente, estoy en condiciones de dar testimonio de situaciones personales, afrentas, humillaciones, desprecios o burlas por no sostener ideas que fueran aceptadas por el pensamiento gregario del progresismo. Salvando las distancias, es lo mismo que ocurre desde el otro lado cuando se habla de las represalias en tiempos del franquismo. Muy duro, verdaderamente cruel, que sería mejor, es vivir instantes en los que se intenta someter al que disiente, al que tiene redaños para señalar en público las incoherencias e injusticias del modelo progre. Y si eso es duro, piénsese sólo por un momento que ello ha sido en plena democracia, cuando las libertades ya habían llegado a España. Por este motivo, hay una historia por hacer en nuestro país, un relato por recuperar que va a doler, pero que es necesario de todo punto. Es la historia de la opresión de la izquierda institucional durante los últimos treinta años. Una represión que, por ahora, sólo conocen los protagonistas y los que les rodean. Un clima asfixiante centrado en los sectores donde la progresía ha sido hegemónica, en concreto, en el mundo de la cultura y en el de la educación. Trapiello ha tenido el valor de contar su experiencia con la cultura y, por mi parte, hago lo propio con la realidad educativa.

Viene esto a colación porque, siendo verdad que la represión franquista fue algo intrínsecamente maligno, no lo es menos lo que se ha vivido en pleno período democrático de manos de unos individuos paniaguados que, públicamente, hacían gala de solidaridad y respeto hacia el ser humano y sus aspiraciones de libertad, mientras, en privado, maquinaban y urdían planes contra las personas que no comulgaban con sus ideas. Que se sepa de una vez, en España ha habido censura oficial en unos años en los que se creía que era un mal recuerdo del pasado. La democracia no lo ha sido tanto en la cultura y, desde luego, tampoco en la educación. Cosas como limitar el acceso a la docencia universitaria, restringir el número de publicaciones, cercenar la palabra de profesores disidentes, gravosas e injustas repercusiones en los horarios laborales y, finalmente, el descrédito de la profesionalidad y el honor del crítico. En plena democracia, sí, y no hace tanto tiempo. Animo a los investigadores imparciales a descubrir este capítulo olvidado y desconocido de la reciente historia de España. Nadie duda de que será revitalizante para la salud democrática y, para los que hemos experimentado las represalias de la dictadura progre, un acto de justicia.

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