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Juan Francisco Martín del Castillo

La educación y el alumno masa

Las reflexiones de Ortega sobre educación son bien conocidas y hasta se remontan a su primer libro, Meditaciones del Quijote de 1914. En todas ellas, se aprecia la instrucción como un elemento imprescindible para definir al hombre del futuro, al de la Nueva España, como la llamaba el madrileño. En su entender, la educación no es únicamente una institución o una función, pongamos por caso, sino una palanca de cambio para que el país se vertebre y sus gentes se cohesionen socialmente. En este sentido, la educación es un bien intangible, aunque se sustancie a través de fuerzas materiales. Esto lo explicaba a cualquiera que le prestara oídos en aquel tiempo, lo cual significaba que existían conciencias preocupadas por el bienestar de los españoles. Sin embargo, en la actualidad, pese a los años transcurridos desde la muerte del filósofo, la educación, al menos en la interpretación de las autoridades del gobierno, ya no es bien intangible, sino virtual, que no es exactamente lo mismo.

La enseñanza se ha vuelto digital, repleta de un sinfín de pantallas, unas pantallas que incluso evalúan, pero, en el fondo, este mundo en red ha desprovisto al alumno, a la persona vale decir, de su esencia, de su voluntad. En estos momentos, cuando la espontaneidad se confunde con la creatividad, el esfuerzo intelectual con horas frente al ordenador, la inteligencia con San Google y la sabiduría con el recurso a la Wikipedia, el individuo se encuentra más desamparado que nunca. Éste cree ingenuamente que conoce, cuando la pantalla le devuelve una sonrisa, si bien toda su capacidad se reduce a los bytes de un sistema informático. La tarea más humana de cuantas existen, la docencia, se ha vuelto difusa, irrelevante a expensas del valor añadido de las máquinas. Lo digital margina nuestra propia condición, la que nos ha hecho evolucionar a lo largo de miles de años. Algunos defienden, un tanto atolondradamente, que el pantallismo es el futuro de la educación sin caer en la cuenta de lo que ello supone.

Por esta razón, hoy es un imperativo moral volver a leer a Ortega y su importante obra La rebelión de las masas (1930), volumen en el que aparece el concepto de “hombre masa” y cambiarlo por este otro, el del “alumno masa”, un ser ubicado en el mundo virtual y por completo ausente de la realidad de las cosas. Un individuo adocenado, contento con los mensajes que le devuelve la pantalla que le absorbe, pero que lo ignora todo de la vida real. El vivir del “alumno masa” es un conglomerado de likes, kahoots y videojuegos varios, al que exigirle un esfuerzo superior al de la lectura de una simple página -la que cabe en la pantalla de un dispositivo electrónico- es someterle a un suplicio medieval. Así, la filosofía se convierte en una pesadilla para este tipo de alumnado y lo mismo acaece con las matemáticas o cualquier otra disciplina que requiera de un mínimo de concentración. Por ello, el gobierno está intentando, y parece que lo conseguirá, desmontar el sistema educativo desde su raíz. Nada de esfuerzo, nada de voluntad y nada de inteligencia, aunque las asignaturas, por ahora, se sigan denominando igual. Más adelante, hasta éstas desaparecerán, y con ellas la misma educación.

Quedará el “alumno masa”, la seca representación de un modelo en el que la persona prontamente desaparecerá en pos de un individuo digitalizado, orgánico y mecanizado, que ni siquiera tendrá firma, sólo un certificado virtual que hará las veces de rúbrica. Esta es la educación que ambiciona el progresismo, una izquierda que se desgañita por los derechos, que se moviliza ante la mínima sombra de injusticia y que supuestamente defiende el supremo valor de lo humano, pero que, en lo tocante a la formación básica, desmiente cuanto pregona. Lo que nos aguarda es un futuro de deshumanización y entrega febril a la máquina educativa. Últimamente, sólo cabe la esperanza y recobrar el espíritu orteguiano: por favor, no caigamos en los vicios del “alumno masa”, en la vulgaridad o el borreguismo, en el egoísmo del consentido o en el conformismo complaciente. Desde luego, nuestra “juventud solar”, como la calificaba Miguel Hernández, se merece algo mejor.

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