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Punto de vista

La Educación Superior debe estar alineada con la demanda de los estudiantes

La Educación Superior debe dar respuesta a las demandas y a las necesidades de los estudiantes actuales y de una sociedad en constante transformación. Bajo esta máxima, las instituciones educativas debemos tener altura de miras y visión de futuro para ofrecer a los estudiantes una formación diferencial, que les permita convertirse en profesionales de éxito. Para ello, es vital poner al estudiante en el centro de las decisiones académicas, y, recordar que el aprendizaje se ha convertido en un proceso continuo.

En un mundo en el que la incertidumbre forma parte de la dinámica social, la Educación Superior debe ofrecer certezas, seguridad y herramientas necesarias para que el estudiante, o profesional en activo, cuente con las garantías suficientes para desenvolverse con eficiencia en el entorno laboral y social.

El aula, por tanto, debe ser permeable a lo que sucede tras sus cuatro paredes, la universidad se tiene que adaptar a lo que pasa en la calle, a los cambios que suceden cada día. Para ello, es imprescindible que se reduzca la brecha entre universidad y empresa lo más posible y los vínculos se fortalezcan cada día.

En este sentido, hay que abogar por una formación práctica e innovadora, donde la calidad y la excelencia tracen un camino firme hacia la empleabilidad de los estudiantes. Para ello, la innovación en los procesos de aprendizaje y, sobre todo, la flexibilización de estos, serán determinantes de cara al futuro.

En este contexto, la transmisión de conocimientos se debe entender como un abanico de posibilidades sin límites. Precisamente, si nuestra vida transcurre en un mundo donde, gracias a la tecnología todos estamos conectados y tenemos acceso ilimitado al conocimiento, es preciso que las universidades aboguen por un modelo académico innovador y conectado con esta realidad. Han quedado atrás aquellos modelos donde se concebía al formador desde una visión unidireccional. Ahora, y esto es algo por lo que apostamos firmemente en la Universidad Europea, el docente es también un profesional en activo, que lleva los conocimientos de su desempeño diario a las aulas y que acerca a los estudiantes al mundo empresarial.

La universidad debe formar profesionales capacitados para el desempeño óptimo de sus profesiones, para la investigación o para la docencia, y el éxito en este empeño requiere de estrategias enfocadas hacia el aprendizaje experiencial. En el modelo académico de la Universidad Europea, los estudiantes «aprenden haciendo» y constituyen una pieza fundamental de su propio camino formativo, siempre acompañados de los docentes. O, dicho de otra manera, el alumnado forma parte de las decisiones que van a determinar su futuro profesional.

También es importante tener en cuenta que el currículo universitario de un estudiante debe abarcar mucho más que el conocimiento de la disciplina elegida. Este currículo académico debe contar con herramientas transversales para que el estudiante alcance un pensamiento crítico y creativo que le permitirá asumir, desde el aprendizaje interiorizado, un compromiso social con los valores y los principios éticos del plan de acción en el que participan, tanto dentro como fuera del ámbito universitario.

Asimismo, el modelo académico de una universidad debe estar enfocado hacia la internacionalización, tanto en la enseñanza como en la práctica profesional, facilitando y propiciando intercambios entre universidades de otros países y ofreciendo la posibilidad de realizar estancias internacionales, de forma que se conviertan en profesionales con una visión global capaces de trabajar en cualquier lugar del mundo.

Tiempos líquidos

Filósofos y sociólogos hablan de que vivimos en un periodo que han denominado «tiempos líquidos» (Zygmunt Bauman), que no es sino la forma de entender que las sociedades están en perpetuo proceso de cambio, y los educadores tenemos la responsabilidad, incluso la obligación, de formar profesionales capaces de encontrar su propio espacio en este mundo complejo y que sean ejemplo e inspiración para otras personas.

Si para las personas aprender es un reto, para los formadores enseñar es nuestra razón de ser, y para ello debemos estar preparados, formándonos continuamente e implementando todas las herramientas necesarias que estén a nuestra disposición para guiar a los estudiantes en su camino hacia el conocimiento, siempre con la visión de que alcancen todo su potencial tanto personal como profesionalmente.

Como ya he indicado, en un contexto en el que las aulas superan el espacio meramente físico gracias a la tecnología, la Educación Superior debe adaptarse a estas nuevas realidades y ofrecer un plan de formación continuo, flexible y adaptado a las demandas del mercado y a las nuevas profesiones que requiere la sociedad del conocimiento y de la tecnología.

Una vez más, es preciso recordar que en las universidades formamos personas para un futuro, en muchos casos, aún desconocido, pero con una visión de presente global e innovadora.  

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