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Eligio Hernández

Indultos para la concordia

El Gobierno de coalición ha concedido el indulto a los independentistas catalanes para lograr la concordia en Cataluña, y Sánchez ha tenido la suerte de que los empresarios, sindicatos y la iglesia catalana, con un «brindis al sol», apoyen la concesión de dicha gracia, dando a entender que los que estamos en contra de los indultos no queremos la concordia. La concordia es un ajuste o convenio entre personas que contienden o litigan, por lo que debe ser recíproca, de tal manera que para que se logre, los independentistas catalanes deben también proponerla, y no hacerla fracasar antes de empezar a negociarla, como han hecho los presos al salir de la cárcel proclamando la irrenunciable para ellos amnistía y el derecho a la autodeterminación. Si Sánchez logra la concordia con la renuncia de los independentistas a estos objetivos, merecería pasar a la historia y que en su tumba, como en la de Adolfo Suarez, se pusiera un letrero con la frase: «La concordia fue posible». No creo que el conflicto catalán termine con un abrazo de Vergara, que fue un tratado que se firmó en Oñate (Guipúzcoa) el 31 de agosto de 1839, entre el general isabelino Espartero y trece representantes del general carlista Maroto, que dio fin a la guerra carlista en el norte de España, al que Galdós le dedico uno de los Episodios Nacionales con un contenido narrativo de 38 capítulos.

Tanto Sánchez como los independentistas saben que la concordia no es posible ya que no se les puede conceder una amnistía ni celebrar un referéndum de autodeterminación, ni siquiera consultivo no vinculante (STC 103/2008), como se quiere pactar, al estar vedado por la Constitución, que es jurídicamente imposible reformar para introducir el llamado eufemísticamente derecho a decidir, no sólo porque para ello hace falta la mayoría de tres quintos de cada una de las Cámaras que establece el artículo 167.1 de la Constitución, sino porque la soberanía es indivisible y reside en el pueblo español (artículos 1 y 2 de la CE), y no puede basarse en una soberanía compartida con una Comunidad Autónoma. Pero es que en el hipotético caso de que puedan obtener la independencia, no sería reconocida ya que no tiene cabida la autodeterminación en el derecho internacional, que sólo la ha contemplado en los procesos de descolonización al amparo de las Declaraciones de la ONU sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales, aprobada por la resolución 1514 (XV) de la Asamblea General de las Naciones, en la que se recoge el derecho de autodeterminación de los grupos minoritarios a separarse de la entidad política superior si los derechos humanos de los mismos son denegados, pero declara terminantemente que «todo intento encaminado a quebrantar total o parcialmente la unidad nacional y la integridad territorial de un país es incompatible con los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas».

Tampoco tiene cabida la autodeterminación en los Tratados de la Unión Europea, como ha demostrado el catedrático de Derecho Internacional Manuel Medina Ortega en su libro El derecho de Secesión en la Unión Europea. En el caso de que se llegara a producir la independencia de una parte del territorio de uno de los Estados miembros de la Unión Europea, ésta se vería obligada a seguir el procedimiento de admisión previsto en los Tratados que requiere la unanimidad de los Estados miembros, incluido el voto del Estado matriz. Además, Cataluña, perdería las ayudas estructurales destinadas a los países miembros de la Unión. En conclusión: aunque Cataluña lograra hipotéticamente la independencia, no sería reconocida como Estado ni por la ONU, ni por la Unión Europea, ni siquiera como Estado tercero respecto de ésta. Desde su fundación en 1945, la ONU no ha admitido ningún nuevo Estado fuera de los casos de descolonización.

No creo que Sánchez haya leído los discursos de Ortega y Azaña, las dos mentes intelectualmente mejor equipadas que han coincidido en el Congreso Español, sobre el Estatuto de Cataluña, en mayo de 1932, imprescindibles para poder entender el problema catalán. Comparto la tesis de don José Ortega y Gasset expuesta en su discurso sobre el Estatuto de Cataluña en la sesión de las Cortes de 23 de mayo de 1932: «El problema catalán es un problema que no puede resolverse. Ha existido antes de la unidad peninsular, y seguirá siendo mientras España subsista, por lo que sólo puede conllevarse. No presentéis vuestro afán en términos de soberanía, sino de autonomía, porque entonces no nos entenderemos»; y al decir esto, conste que significo con ello, no sólo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los demás españoles. Y ello es bien evidente; porque frente a ese sentimiento de una Cataluña que no se siente española, existe el otro sentimiento de todos los demás españoles que sienten a Cataluña como un ingrediente y trozo esencial de España, de esa gran unidad histórica, de esa radical comunidad de destino. Si el sentimiento de los unos es respetable, no lo es menos el de los otros.

El gobierno de coalición y los independentistas se equivocan si creen que una hipotética independencia de Cataluña resuelve su conflicto histórico. No me hago muchas ilusiones de que mediten estas palabras de Ortega: «Si se otorgase a Cataluña la independencia ¿Habríamos resuelto el problema? En manera alguna; habríamos dejado entonces plenamente satisfecha a Cataluña, pero ipso facto habríamos dejado plenamente, mortalmente insatisfecho al resto del país. El problema renacería de sí mismo, con signo inverso, pero con una cuantía, con una violencia incalculablemente mayor; con una extensión y un impulso tales, que probablemente acabaría (¡quién sabe!) llevándose por delante el régimen».

De esta estremecedora advertencia de Ortega se saca la conclusión de que si Sánchez lograra el milagro de apaciguar y pacificar Cataluña concediéndoles supuestamente la independencia, tendría luego que apaciguar y pacificar al resto del Estado español, lo que podría ser letal no sólo para el PSOE, sino, lo que es más importante y grave, para España.

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