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Carmen Martínez-Fortún

La curiosa impertinente

Carmen Martínez-Fortún

Imprudentes

Se le vio prudente –y urgente– a Sánchez, recogiendo sus papeles y escapando del atril preparado con fondo de avión presto a partir –tan presto que partió– a defender el cielo de la OTAN. Más que a su compañero de rueda de prensa, su homólogo lituano, que sonreía, como si se tratara de una repetida edición de ¡que viene el lobo!, mientras el español le advertía: –¡Alfa Scramble, President!–, que a ustedes no sé pero a mí me sonó muy a película de espías. Y eso que lo de la amenaza rusa no tiene nada de ficción y sí mucho de espías.

Estuvo prudente el mandatario, lo mismo que cuando le preguntaron si era una provocación rusa y contestó más o menos que ni idea. Que aquí no sé si prudente o desinformado o con pocas ganas de decir la verdad, como cuando dice que su prioridad no es la remodelación del Gobierno porque está centrado en la pandemia y en la recuperación económica y a continuación remodela el Gabinete.

Mas no siempre es prudente nuestro presidente. No lo fue cuando nos concedió por decreto –¡qué grandes cosas está dispuesto a acometer por decreto el personaje si el Constitucional no lo remedia!– quitarnos la mascarilla, justo un día antes de que la OMS advirtiera de que la variante delta, esa que, según Simón, no era una preocupación, se contagiaba en una conversación de diez segundos. Y justo unos días después de esos indultos tan imprudentes. Tampoco cuando habló de la imbatibilidad del entrecot, y no porque no estuviera en su derecho de informarnos sobre su gusto en la elaboración –yo también lo prefiero poco hecho–, sino porque la carne roja es mala para la salud, como están hartos de decirnos nuestros médicos, y desautorizar, reprender y humillar en público a un ministro, aunque sea de una cartera tan inútil como la de Garzón –otro imprudente incapaz de medir sus palabras–, no dice mucho de su calidad como jefe.

Cuentan que Sánchez habla mucho con Díaz, mas no sé si se coordina con todos los demás. Por eso los imprudentes forman un Gabinete de contradicciones y desmentidos que nos tendría ya locos si les prestáramos algún crédito.

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