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Manolo Ojeda

Cartas a Gregorio

Manolo Ojeda

Los placeres de la imaginación

Querido amigo, no hace mucho me regalaron unos calzoncillos con una frase bordada a mano que decía: «No me saques sin motivo ni me guardes sin usarme», que alude a la famosa frase que los caballeros castellanos se hacían grabar en la espada.

La fémina que se dedica a estas manualidades borda sobre todo braguitas para sus amigas con frases tan sugerentes como «Callejón sin salida» o «Entrada prohibida a animales de montura», pero la que más me gusta es una que dice: «Prioridad al sentido contrario», una forma de avisar a quien solo piensa en satisfacerse a sí mismo.

Esta ingeniosa bordadora elije la mayoría de sus frases inspirándose en las señales de tráfico, que son una de las pocas formas de comunicación que tenemos en estos tiempos.

Otra manera de compartir las ideas y preferencias es escribir frases en las camisetas, como esta que vi en la última manifestación gay que decía: «Vendo ropa de chico por cambio de sexo», o una a doble cara que ponía por delante: «No leas lo que dice por detrás», y por detrás decía: «…que no lo leas».

La mujer ha sido siempre más eficaz a la hora de atraer la atención de los demás, y sabe utilizar todas las armas a su alcance para conseguirlo, sobre todo las relacionadas con la imaginación, de lo que es un buen ejemplo lucir un escote generoso o unos pantalones cortos y ajustados donde se imagina más de lo que se enseña.

En otros tiempos menos desvergonzados, se solía utilizar un lenguaje tan sutil como el del abanico.

Decía el escritor y político británico Joseph Addison (1672 - 1719), autor de una serie de ensayos titulados Los placeres de la imaginación, que el abanico era para las mujeres lo que la espada para los hombres como arma de similar eficacia.

La terminología que estudia el lenguaje del abanico y el significado de sus movimientos se llama campiológía, y es una suerte de argot que utilizaban las mujeres para comunicarse de forma gestual con quien deseaban y sin apenas llamar la atención, evitando así cualquier comunicación verbal por indiscreta.

Un lenguaje tan elocuente como, por ejemplo, el de cerrar despacio el abanico para decirte que estaba comprometida, o cuando se abanicaba con agitación para decir que te amaba intensamente. Otro mensaje evidente era tirar el abanico para hacerte saber que aquella relación se había terminado.

Pero hemos pasado de esas sutilezas al cruce de piernas de Sharon Stone, que sin ser tan refinado es también bastante eficaz.

El abanico de antes podría ser el móvil o el ordenador de hoy, aunque resulta más frio y distante. De cualquier forma, Gregorio, no hay nada como el contacto físico para comunicarse entre las personas, que es mucho más que imagen y sonido, y cuenta con el tacto, el olor o la temperatura que son consustanciales en los seres vivos.

Un abrazo, amigo, y hasta el martes que viene.

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