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Marrero Henríquez

Escritos antivíricos

José Manuel Marrero Henríquez

El enterado

El enterado espiritual es enterado siempre porque el enterado espiritual sabe de todo y sabe de todo desde siempre y para siempre. Del catálogo interminable de enterados, el enterado de la política, el de la literatura, el de la filosofía, el enterado de las ciencias duras y el de las ciencias blandas, de entre todos los enterados, el enterado espiritual es el que al inmunizado le resulta tanto de lo más peculiar como de lo más insoportable. El espiritual es el enterado más enterado que el inmunizado conoce, es el colmo de la “enteradidad”, si esa palabra existe, es el enterado por antonomasia, una suerte de sabelotodo cósmico.

A pesar de que es un fraude en toda regla, el inmunizado reconoce que el enterado espiritual es un espécimen con atractivo, asombroso y complejo, una mezcla de sacerdote, psiquiatra, exorcista, psicólogo, poeta, fraternal amigo, consejero, periodista, detective privado y unas cuantas miles de cosas más. Es el enterado espiritual un bluf, pero un bluf que brilla y que se dice capaz de hablar con los muertos tanto como con los vivos, aunque a los vivos, antes que hablar, prefiere aconsejar desde las alturas de la exclusividad de un conocimiento vedado al común de los mortales.

Como hay gente para todo, el enterado espiritual tiene su público, un público tan numeroso como fervoroso, que se retroalimenta y que puede hacer que la realidad, aunque sea de una manera, parezca de otra, porque la realidad es para el enterado espiritual y para sus seguidores una pasta blanda que se moldea y ahorma a capricho. En épocas de crisis y de pandemia el público del enterado espiritual aumenta exponencialmente, pues en esos periodos hay muchos individuos necesitados de un puerto de certidumbres donde protegerse en medio de un océano de inseguridades.

En tanto fenómeno de antropología social que se observa a distancia, al inmunizado el enterado espiritual y sus discípulos le resultan de cierto interés e incluso con su pizca de gracia. Pero en la cercanía las cosas cambian, y cuando uno de esos iluminados se le aproxima para darle el consejito ensoberbecido de quien se cree estar más allá del bien y del mal y poseer una clarividencia portentosa, entonces el interés y la gracia antropológicos se esfuman y el inmunizado pierde la paciencia.

Así sucedió hace unos días, cuando un acólito se dirigió al inmunizado para decirle que cierto enterado espiritual le había comentado que un familiar suyo quería hablar con él. El familiar del inmunizado lleva fallecido unos años y que le dijeran en tono serio y confidencial que ese quería hablar con él lo enojó sobremanera. “¡Qué falta de ignorancia!”, como diría Cantinflas.

El inmunizado piensa que ese enterado espiritual es un pobre hombre que vive en el aire y que no tiene ni idea de si su familiar quiere hablar con él o no, y sabe también que su acólito es un tipo supersticioso que cree que las paredes oyen y que las puertas se mueven solas y que hay ruidos que salen de la nada. No por ello, es menor su enfado. ¿Quién se creerá que es el descerebrado ese?

Nadie en su sano juicio puede considerarse capaz de contactar con los espíritus de los muertos y mucho menos arrogarse la autoridad del mensajero. Además de irrespetuosa, la actitud iluminada del enterado espiritual nada en la ignorancia y raya en la locura y en el ridículo. No obstante, por un prurito de estrictísima honestidad científica, siempre deja el inmunizado abierta una ínfima rendija a esas posibilidades imposibles que en el caso del enterado espiritual son pura farsa.

Eso sí, el inmunizado tiene la certeza absoluta de que si ese familiar quisiera decirle algo desde el más allá se lo diría directamente a él y nunca utilizaría intermediarios. Y también tiene la certeza absoluta de que, si necesitara un emisario, ese familiar elegiría mejor y jamás recurriría a ninguno de esos iluminados que creen que se lo saben todo y tienen su casa sin arreglar.

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