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Viaje al interior

Vivir alucinando

El regalo de la vida es impagable. Transitar por este mundo aprendiendo cada día a conocer y conocernos es de un valor incalculable. Vivir cada jornada como una variable con distintas posibilidades, con infinita experimentación, es sencillamente sublime. Mi amado maestro Carmelo Pérez era un partidario nato de afrontar la vida en amistosa y amorosa amistad con la vida propia y la vida ajena. Él lo hacía con armonía y sabiduría. Trabajaba a diario para que eso tan sencillo y a la vez tan complejo lo aprendiéramos todos en las aulas y en el patio común de la escuela, en la mesa común de las familias y, especialmente, también en los bosques sombríos de las soledades comunitarias y en los paseos individuales que nos damos por dentro y por fuera del alma propia y ajena. Se hace necesario aprender a vivir, decía, porque es evidente que estamos naciendo casi enseñados y viviendo cada vez mucho más rápido, pero también más regañados y resignados, sin tiempo para apreciarnos y para amarnos, sin degustar la percepción de lo imprescindible, lo cercano y lo más inmediato. ¿Acaso respiramos mal desde el minuto cero? ¿Por qué somos tan rígidos con las vidas ajenas y con nuestras propias vidas? Muchas veces, más de lo deseable, experimentamos y aparentamos ser meras naturalezas yermas. ¿Por qué no alumbramos más comportamientos de luz en las tinieblas, siquiera en el determinante camino de las señales, en la senda inequívoca que nos conduce desde el comienzo a contemplar con nuestros propios ojos la inflexible hora de la muerte? En vez de vivir estamos muriendo y morimos cada vez más despiertos, pero lo hacemos dormidos, como las máquinas binarias (cuerpo-mente) que no precisan nada más que el chispazo del interruptor personalizado para perdernos en la boscosa selva de los olvidos. Nuestra vida está consistiendo en lanzarnos por el tobogán técnico del segundero y en sobrevalorar los gozos driblándole los neones a los nubarrones del futuro. Sobrevolamos el vacío siendo cada vez más interinos, más inseguros y más inciertos. ¿Será siempre así? ¿Por qué seguimos viviendo con esa terca sobriedad de miras? Convendría a nuestras vidas que cambiásemos los horizontes e incluso también las lentes para que se gestaran y cumplieran por fin los objetivos de vivir con la dignidad que requieren los despertares de nuestros nacimientos y de nuestros renacimientos diarios. Un buen punto de partida será abrirnos el corazón de par en par y mirarnos más cerca (¿qué es el más allá sin pisar el acá?) y con decisión redondear el ahora, el aquí y en este momento. Mi amada amiga Francisca Macías dice que la cuestión más vital es no perder ese barco de esperanza que nos llama una y otra vez para recogernos en la orilla. Sea cual sea. Es socialmente urgente. Porque las formas presurosas y sin peso específico de ser y estar en este mundo se están mimetizando en todo lugar. Lo testimonian animosos los telediarios. Está escrito a nuestro alrededor. Pasa en todo sitio, con todos, todas y todes. Y ante tal panorama dicta el corazón que hay que vivir con mayúsculas. Vivir con sentido y sentir con sentimiento (ver, ir, ser, llegar, estar, oír, respirar, amar, follar, comer, disfrutar, sufrir, llorar, doler, contemplar, pensar, soñar, idear, crear, romper, leer, escribir, trabajar, dormir, interpretar, despedir… incluso mentir y pecar, salvar y ayudar…). Es una cadena infinita de favores que nos enlaza con la razón de ser de nuestra existencia, que nos invita a besar el suelo y a rezar al cielo. Como especie estamos tardando en convertir los dictados del buen vivir, del vivir conscientemente, en una necesaria prioridad formativa general. Es una necesidad mayúscula. Es la prioridad más necesaria de nuestras vidas a lo largo y ancho de todas nuestras vidas. Compartir la vida y poder vivir como distintos siendo iguales en un mismo plano y época, en un mismo sitio o en distintos lugares es único y alucinante. ¿O no? Vivir con todos los sentidos y de forma sincera es lo más alucinante que nos puede ofrecer la vida. Pero no estamos habituados. Ni agradecidos. No es ese el comportamiento acostumbrado. Y no lo es porque el sol todavía se esconde a diario con el corazón roto en las atalayas ruinosas de las mayorías invisibles y sus gafas oscuras.

P.D.- A menudo perdemos de vista las contradictorias y perniciosas consecuencias que tiene vivir opacados, sin la plenitud y grandeza de miras que se precisa a lo largo de nuestras vidas. Por eso en los corrales las mayorías alucinamos con las crisis cuasi permanentes que nos hacen padecer las realidades permeables que experimentamos y compartimos con nuestros semejantes allí donde vivimos. En cuba se está gritando «Patria y Vida». En defensa de la libertad de la palabra y del amor como el mejor camino de vida, Neruda nos dijo: «Para nacer (vivir) he nacido». Pues eso.

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