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Pilar Galán

Punto de vista

Pilar Galán

Aburrimiento

Yo empecé a leer porque me aburría soberanamente en esos veranos eternos de la infancia, sobre todo en las horas muertas de la siesta, en las que era obligatorio bajo pena de muerte tumbarse en una cama y no molestar. Como no había internet ni móviles, y la tele estaba vedada para el descanso de mis padres que dormitaban frente a sus dos canales, y como no se podía hacer ruido ni echarse a la calle a dejarse aplastar por un calor del que no te avisaban los telediarios, empecé a leer. Sinceramente, cada vez que oigo cómo se critica a los jóvenes porque están pegados a las pantallas, hago examen de conciencia y me pregunto qué hubiera hecho yo esas largas horas si hubiera dispuesto solo de la tercera parte del arsenal tecnológico del que se dispone ahora. Como no era el caso, leía. Cogía cualquier libro de la estantería (en mi casa otra cosa no, pero libros había para dar y tomar) y empezaba a leer. En esas siestas devoré libros que solo entendí años más tarde y otros que me abrieron los ojos hasta hacerme daño, y otros que disfruté sin más, porque ofrecían una ventana abierta a un mundo que no tenía nada que ver con el que yo había conocido hasta ese momento. Sigo leyendo, pero echo de menos muchísimas veces esa pasión, esa fruición, esa libertad que entonces yo no supe valorar, de tener las horas por delante sin otra ocupación posible que dejarse llevar por la lectura. El aburrimiento era entonces una cosa cotidiana. Nadie se espantaba por el hecho de que los niños se aburrieran, ni recuerdo a mis padres tirados por el suelo para jugar conmigo. Cada uno gestionaba la tarde interminable como bien pudiera, hasta que se decidía si ir a la garganta a bañarse o salir a tomar algo. Para eso faltaban horas, y solo teníamos el consuelo de los libros, o la costura, o las manualidades. Yo elegí lo primero, seguramente por torpeza para todo lo demás. Y esa decisión me salvó la vida y me convirtió en gran parte de lo que soy ahora. Si viviera estos días en que la inacción es impensable, mis padres me hubieran apuntado a mil actividades o me hubieran llenado la habitación de artilugios y juguetes. Yo entonces solo tenía libros y hermanos. No digo que fuera un tiempo mejor, no estoy tan segura. Solo digo que lo que soy se lo debo a las aventuras interminables que me ofrecieron los dos apoyos de la siesta. Pienso en eso cada vez que mi mente idea mil buenos propósitos para el verano. Quédate quieta, le digo. Abúrrete, súbete por las paredes, maldice el calor y la calle ardiente. Luego, respira, coge un libro, deja de lado el mundo. Él seguirá igual cuando vuelvas, pero tú regresarás mucho mejor de lo que te fuiste.

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