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Marisol Ayala

Volando bajito

Marisol Ayala

Adiós querida Leia

Cuando Leia llegó a casa hace doce años pesaría cuatro kilos no más. Ojos grandes y redondos y manchas marrones, el sello de identidad de una buena Beagle. Callejera, le encantaba escaparse de casa aunque siempre volvía eso sí, cansada y sudando. Bebía agua y se metía en su caseta.

Era muy comelona y de muestra un botón. Hace unos años, seis o siete, su padre, mi hijo Adai, nos la dejó en casa por razones que no recuerdo. Le dejamos todas las puertas cerradas, abierto el pasillo y la solana con agua. Mi hijo Miky y yo nos fuimos a almorzar y estuvimos fuera de casa cinco o seis horas. Cuando volvimos comenzamos a llamarla y sospechamos que algo había hecho Y tanto. La cabrona había entrado a la despensa empujando la puerta hasta acceder al espacio. Leia empezó por una pieza de lomo que se tragó íntegramente pero ya le estaba dando buena cuenta a un jamón que estaba dentro de una caja de cartón que rompió a mordidas .Tardamos una hora más en llegar y se zampa el jamón entero. Ese día pensamos “sí de esta no se muere no morirá nunca”. Leia vivió mimada y a su vez educada aunque a veces había que correr por el jardín con un cepillo de barrer para frenarla. Ni así.

En los últimos meses nos dimos cuenta de que jugaba poco, solo quería estar en su caseta. Por casualidad los cuatro quisimos pasar unos días en Lanzarote para descansar un poco, con lo cual sin saberlo nos pudimos despedir de ella. Su salud no era buena y eso cada vez era más evidente. Su veterinario dirigió las últimas horas de su vida. “Está sufriendo” sentenció y la durmió. Duro pero necesario.

Te quisimos mucho querida Leia. Nos hiciste muy feliz, nos acompañaste doce años, una vida.

Querer es evitar que los tuyos sufran y eso hicimos.

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