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José Luis Villacañas

Observatorio

José Luis Villacañas

En la ciénaga

Kant decía que hay cuatro metáforas sobre las cosas humanas. La primera, es antigua y ultramoderna. Conocida por los sabios talmudistas, compara el mundo con una letrina que desde Adán viene creciendo. Es la metáfora ecológica que anticipa que el hombre se ahogará en sus propios desechos. Luego, está la tradición musulmana, que hace del mundo la posada de una larga caravana, por lo que conviene no tomarle apego a nada, porque mañana habrá que seguir el viaje. Esa metáfora inspira esta columna, que por eso la llamé «De paso». También está la metáfora que habla del mundo, desde Platón a Kafka, como una cárcel o colonia penitenciaria en la que nos purificamos de otras culpas. Y por último, la metáfora preferida de los kantianos hasta Michel Foucault, que compara el mundo con un manicomio en el que cada cual arruina su propio propósito y hace a los demás todo el daño imaginable, y en el que se considera la destreza y el poder para dañar como la mayor honra.

No recuerdo aquí estas metáforas absolutas de Kant para poner a prueba aquello del optimismo ilustrado. Lo hago para darle relevancia a una quinta aspirante a metáfora absoluta. En efecto, me he entretenido unas cuantas noches en ver las dos temporadas de una miniserie polaca. Su título ya nos trae otra candidata a metáfora explosiva. Todo el contenido simbólico de la serie se encierra en una palabra, Rojst, que Netflix ha traducido como «En la ciénaga». Como se ve, es una declaración radical que implica una concepción del mundo. Por supuesto, para resumir la historia reciente de Polonia, es una palabra adecuada, pero como metáfora podría aplicarse a la historia reciente de muchos países. Incluido el nuestro.

La diferencia fundamental entre las metáforas clásicas y esta reciente de los guionistas Jan Holoubeck y Kaspar Bajon es que las primeras son humanistas. Nos hablan de la relación del ser humano con la vida y con el tiempo. Posada, cárcel, letrina o manicomio, son lugares que tienen significado respecto de los humanos. Que la vida sea comparada a una ciénaga no es algo humanista. Una ciénaga existe aunque no existan personas. Como lo muestra bien la presentación de la serie, se trata de una formación telúrica. La tierra, con una constancia perpetua, conforma este continuo lodazal que emerge del bosque y domina la vida de los humanos y los atrae hacia el lodo, impregnando sus ropas con una suciedad -como dice un personaje- que ninguna lavadora puede limpiar.

Inspirada en la atmósfera de True Detective, sustituyendo los dos míticos policías por dos periodistas, «En la ciénaga» quizá no sea considerada como una gran serie, pero sin embargo es muy interesante. Por supuesto cuenta con un actor excelente, Andrzej Seweryn, a quien ya vimos en «La lista de Schindler». Pero no estamos ante un cine negro estilizado, frío, metálico e inexpresivo, como el nórdico. Estamos en Polonia en la época final de la dictadura comunista, mediados los años 80 en la primera temporada, y en la época previa al año 2000, ya caído el telón de acero, en la segunda temporada. Todo tiene un aire descuidado, elemental, con esas barriadas perdidas en su propia tristeza propias de aquellas ciudades de la Europa oriental, mientras que en la segunda temporada algo comienza a parecerse al brillo sin clase de las urbanizaciones de los nuevos ricos. Sólo como un intento de reconstrucción de atmósferas ya merece la pena contemplar esta miniserie, que a veces nos sorprende con extraños paralelismos con la evolución española desde los años duros del franquismo hasta la llegada de la democracia.

Sin embargo, lo importante de la serie, su logro principal, es la construcción de una temporalidad compleja de tres épocas polacas, el dominio nazi, el dominio soviético, y la actualidad, conectadas por las propias metamorfosis de los mismos personajes. Sin embargo, toda la lógica de esas metamorfosis y continuidades está determinada por el campo de concentración nazi en medio del bosque, justo en las tierras pantanosas. Lo que allí aconteció anuda todas las historias. Todos los personajes centrales tienen su psiquismo fijado a lo que allí ocurrió. Sin embargo, nadie quiere recordar, todo queda sepultado en las arenas movedizas de un olvido que intenta reprimir el esfuerzo de matar la memoria. Por eso los dos personajes centrales son los guardianes de la verdad: el periodista y el fiscal.

¿Qué es un periodista que se contenta con mantener el tabú de la historia y reduce la memoria colectiva a la coartada de una historia de amor? ¿Qué es un fiscal que quiere rentabilizar el crimen originario para escalar? Como vemos, la serie ofrece un idea de la sustancialidad temporal inequívoca del mal y de la cobardía. La ciénaga, esa tierra pantanosa de la que no se puede escapar, es la metáfora de un país, y habla de su historia y de la forma de construir el poder que la atraviesa. Es el mal radical que se hunde en el fondo del tiempo y que nadie quiere recordar. En el caso de Polonia aparece ahí, en que nadie quiera recordar a quienes, con los nazis, se pusieron los brazaletes con la bandera polaca para ayudar a matar a judíos, y que luego, con los soviéticos, se pusieron los mismos brazaletes para ayudar a perseguir a los alemanes, y después, los mismos, se prestaron a colaborar en el crimen de los nuevos ricos. Al final, la atmósfera envenenada impide que florezcan los jóvenes que anhelan disponer de una verdad, destruidos por una violencia que a veces emerge con la brutalidad de un íncubo que nadie sabe de dónde procede.

Ese uso de los colores de la patria para colaborar con los poderes invasores define la constancia de las elites polacas en esta serie y nos interpela directamente a los españoles. Esa voluntad de olvido, de mantener turbias las aguas del alma, es también la nuestra, e ignorarla como elemento central de nuestra constitución social es tan grave como reprimir el recuerdo de los masacrados. Porque una, las memoria de esa continuidad social de los custodios de la verdad que una sociedad sana deposita en sus periodistas y fiscales, nos permite perseguir las metamorfosis de los vivos y la manera en que escalaron en sus posiciones de poder. Otra, hacernos con la memoria de los masacrados, es la manera de eliminar el pantano moral en el que se hunden los pueblos cuando no quieren recordar las cosas que fueron capaces de hacer en ciertos momentos de su historia. Todo esto hace de la serie una parcial radiografía de Polonia, pues en pocas horas nos muestra y enseña más de un país que las edulcoradas y empalagosas décadas de Cuéntame, que sólo ha servido para intensificar la memoria oficial.

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