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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Punto de vista

Volver a Grecia

Una de las sorpresas literarias tanto de este año como del pasado ha sido el descubrimiento del escritor griego Theodor Kallifatides, residente desde 1964 en Suecia, país al que tuvo que emigrar debido a la persecución a la que fue sometido por sus ideas políticas, y en el que ha publicado la totalidad de una extensa obra que incluye novelas, libros de poesía, de viajes y teatro.

Aquel que está acostumbrado a cambiar de país y de ciudad durante gran parte de su vida deja siempre en cada lugar una parte de sí mismo, de lo bueno y de lo malo. Y es el paso del tiempo el que se encarga de recuperar lo que es digno de recordarse, de volver a ser vivido. En los libros de Kallifatides publicados en España en la editorial Galaxia Gutenberg asistimos a su regreso a Grecia y a los recuerdos que dejó en su niñez y juventud. El Kallifatides mayor recorre plazas y calles por las que anduvo el Kallifatides niño mientras explica al lector la historia de sí mismo y de su familia, es decir, la historia de Grecia. En Lo pasado no es un sueño (2021), el autor recupera sus primeros años y explica los motivos por los que tuvo que emigrar. Después de la Segunda Guerra Mundial, en Grecia, hubo una guerra civil encubierta entre los partidarios del nazismo y los demócratas de izquierda. El régimen político resultante fue un Gobierno de derechas casi dictatorial cuyo colofón algunos años después tomó la forma de la Dictadura de los Coroneles (1967-1974) cuando Kallifatides ya se había marchado.

A principios de este siglo, cuando visité Grecia por primera vez, tuve la sensación desde el primer día de conocer cada ciudad y pueblo por los que caminaba. Todas las fotografías de templos griegos y de las famosas esculturas mutiladas por los primeros cristianos que había visto una y otra vez desde mi niñez tomaban forma delante de mí. Sentado en las gradas del Teatro de Dionisio de Atenas, donde se representó por primera vez Antígona de Sófocles, recuperaba mis lecturas de juventud de los clásicos. En Delfos, cuando subía por el camino de piedras que lleva al templo de Apolo, lugar donde el oráculo daba sus consejos, no pude evitar sentir un estremecimiento cuando me di cuenta de que por ese mismo lugar había subido caminando Alejandro Magno.

Contó el filósofo Julián Marías en su libro Notas de un viaje a Oriente (Páginas de Espuma, 2011), un precioso libro escrito en 1934, que la noche antes de conocer Atenas todos lo alumnos del crucero cultural que recorría el Mediterráneo recibieron una conferencia de unos de sus profesores, el filósofo Manuel García Morente, que terminó con la siguiente frase: no olviden que mañana van a ver el mismo cielo que vio Platón. Da igual cuantas veces haya sido invadida Grecia, que la Alemania nazi se apropiase de su estética o que las crisis económicas la hayan golpeado de manera constante desde hace generaciones. El Partenón sigue representando lo mejor del ser humano: la belleza de una escultura, el aprendizaje mediante el razonamiento y la democracia.

En aquel primer viaje a Grecia estuve unos días en Ítaca que más que una isla parece una montaña clavada en el mar. Poco antes Javier Reverte había publicado su conocido libro Corazón de Ulises (1999), que yo llevaba en mi bolsa de viaje, así que en cuanto puse un pie en la isla me fui a la pensión-restaurante Tsiribis, de cuyo dueño, Dimitris, tanto habla Reverte en su libro. Un mediodía de marzo entré en Tsiribis buscando un habitación. Los padres de Dimitris, unos encantadores ancianos vestidos de negro que parecían sacados de una película de Irene Papas, me dijeron por señas que Dimitris estaba durmiendo. Eran las 2 de la tarde. Pasado un rato decidí irme al centro del pueblo a buscar algún hotel. Ya en la calle, de repente, escuché una voz que me daba las buenas tardes en inglés. Era Dimitris, apoyado en la barandilla de un balcón, medio dormido, fumando y sin camiseta. Le dije que buscaba habitación para unos días. El hotel estaba cerrado, contestó. Y cuándo abrirá, pregunté para dar conversación. Dimitris miró al horizonte, pegó una calada a su cigarro y me dijo que más adelante. No pude evitar sonreír. Dimitris, el protagonista del libro de Javier Reverte, poco menos que me estaba mandando a hacer gárgaras. Lástima, le dije, me hubiera gustado estar en el mismo hotel donde estuvo Javier Reverte. Me eché al hombro mi bolsa de viaje mientras le decía adiós con la mano y comencé a caminar. A los pocos segundos me llamó con su voz cavernosa. Me dijo que me pasara por la noche: me invitaba a tomar una copa de vino y a charlar un rato.

La mañana que dejé Ítaca, casi de madrugada, lo hice apoyado en la barandilla del ferry que sale todos los días de Vathy, la principal población de Ítaca. El mar era una balsa silenciosa rodeada de montañas arboladas. Hace más de tres mil años, pensé, Ulises, rey de Ítaca, salió de este mismo puerto en dirección a Troya.

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