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Tribuna abierta

A la altura de las circunstancias

La llegada del coronavirus generó angustia, miedo, preocupación e incertidumbre. La vida en las residencias de personas mayores cambió de un día para otro. Los protocolos de salud pública, como consecuencia directa de la situación exigieron y exigen medidas difíciles de llevar a cabo, no sólo organizativamente, sino por nuestra manera de entender la vida en la residencia. De pronto muchos interrogantes a los que dar respuesta. Ciertamente, las indicaciones sanitarias son ineludibles, pero nuestra manera de entender la atención nos exige tener en cuenta los derechos de las personas. No debemos pretender que las residencias se conviertan en centros sanitarios, y ello independientemente de que estos cuenten con profesionales de este sector. Como escribía recientemente, «no queremos que las residencias sean hospitales, sino lugares para vivir».

El binomio seguridad-derechos se hace difícil de llevar a la práctica. Si entendemos que las personas deben ser el centro de la atención, nuestras intervenciones han de posibilitar que desde la seguridad se puedan seguir preservando los derechos de todas las personas. ¡No ha sido fácil! ¡No es fácil! Todo lo contrario. Pero el compromiso con una atención que esté centrada en la persona nos exigió y exige multiplicar esfuerzos para proponer posibilidades que sean respetuosas con las decisiones de cada persona. Ello demanda explorar lo que pasa, clarificar las dificultades e identificar los recursos.

Estar acostumbrados a poner en interrogación lo que se hace en el día a día y habituados a abordar realidades alternativas nos ha facilitado transitar por una coyuntura tan difícil. Ese cuestionamiento permanente «del hacer» ha ayudado a cuidar en las circunstancias actuales. Al ser plenamente conscientes de que las intervenciones se pueden hacer de una u otra manera, es nuestra responsabilidad dar una gran importancia al «cómo» desarrollamos nuestro trabajo. Indudablemente, ha sido y es tiempo para preguntar, para escuchar, y así, desde el diálogo y la deliberación, poder encontrar soluciones prudentes y beneficiosas para el bienestar de las personas.

Desde la reflexión y la experiencia de muchos meses de incertidumbre, preocupación y estrés, describo a continuación una serie de propuestas que desde nuestro punto de vista nos han sido útiles para manejar ese binomio seguridad-derechos. En primer lugar: la información-comunicación con las personas mayores que viven en la residencia, con sus familiares y entre los/as trabajadores/as del centro. Información de la situación en cada momento. Pero informar no es comunicar. La comunicación requiere preguntar a la «gente» lo que piensa, lo que siente. No hay que presuponer nada. En segundo lugar: la relación. La relación establece un vínculo del que surge la confianza y, con ella, la tranquilidad y la seguridad. El conocimiento mutuo facilita dar respuestas puntuales a las cuestiones que se plantean en la vida cotidiana. Sin duda, este encuentro interpersonal se enriquece con la asignación permanente de los/as profesionales de atención directa, ya que así resulta más fácil alcanzar el objetivo de que la persona que vive en una residencia sea cuidada como ella desea. En tercer lugar: crear ambientes habitables, reorganizando las zonas comunes de la residencia, con el fin de evitar el confinamiento no deseado en las habitaciones. En cuarto lugar: generar espacios de reflexión grupal. Cada día, cada hora, nos encontramos con situaciones nuevas en las que se han de tomar decisiones que afectan a las personas. En un ambiente tan incierto y complejo, no existe una solución de una vez por todas. La pretensión es aprovechar la diversidad de opiniones. Cada miembro del equipo (persona mayor, familia y trabajadores/as) aporta ideas para comprender la realidad. Nos hemos dado cuenta de que nadie sabe tanto como todos juntos. En estos «encuentros participativos» se da repuesta a qué vamos a hacer; por qué lo vamos a hacer; para qué lo vamos a hacer y cómo lo vamos a hacer. No obstante, no se debe olvidar que las decisiones acordadas deberán estar siempre sujetas a revisión. En quinto lugar: la polivalencia de los/as trabajadores/as ha sido clave para poder maniobrar adecuadamente en el día a día. Este compromiso se ha hecho visible con la disponibilidad para hacer aquello que toca, independientemente del trabajo que normalmente se desempeña. En sexto lugar: para una adecuada gestión de las emociones, el apoyo psicológico resulta crucial. Me parece muy valiosa la puesta en marcha de la «Unidad de apoyo psicológico». En séptimo lugar: la coyuntura que nos está tocando vivir hace indiscutible la necesidad de un liderazgo entendido como «servicio». Hay que liderar desde la cercanía, la presencia y el reconocimiento de la labor de todo el equipo.

Para concluir, pienso que debemos mostrar un profundo agradecimiento a las personas mayores por su coraje y todo el ánimo que nos han transmitido, a las familias por su apoyo incondicional y también a otras muchas personas que con su cercanía y aliento nos han ayudado a seguir adelante. Además, la incertidumbre y el estrés no han impedido que muchos/as trabajadores/as estén dando lo mejor de sí mismos para hacer sentir bien a la persona mayor, a la familia y a sus compañeros/as sin tener la expectativa de recibir algo a cambio. En definitiva, estar a la altura es dar a la situación lo que pide.

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