Opinión | Viaje al interior

Indignado corazón, ¡cuidado!

El corazón que me habita me ha sentenciado la alegría para el resto de mis días. Me ha dicho con razonado dolor que me ame con más cabeza y con mucho más amor de corazón si quiero seguir viviendo, o soñando que vivo, «que toda la vida es sueño, y los sueños sueños son», como nos previno hace ya 386 años D. Pedro Calderón de la Barca a través de su alter ego Segismundo, un personaje de nombre germánico que, curiosa coincidencia la de ese espejo, también lleva implícito un significado de victoria con significante protector.

Como muchos de los corazones hermosos y rebeldes que han sanado y dormido para siempre en el ala norte de la planta 10 del Hospital Insular, mi corazón me ha demostrado empíricamente que, en adelante, si quiero respirar y vivir como una buena persona sana, como un ser de corazón sobresaliente, es necesario que examine y adapte mis urgencias vitales, y que con la misma urgencia estudie y adopte decisiones vitales necesarias e irrenunciables.

Una de las primeras es que aprenda a reír con armonía, a relativizar con mucho sentido el sentido mismo de la vida que gasto, administro y transmito como ser individual y familiar, y sobre todo como individuo numerario de una comunidad social. Si lo que deseo y pretendo es vivir una vida de sueño y soñar con la vida, ser mecido y bendecido por ella, actuar en todo momento agradecido con ella, el espíritu responsable del corazón que me oxigena, que me mueve y desenvuelve, no puede ni debe seguir viviendo ni un solo minuto más preso de una constante indignación personal y social. No puedo ser un pez de costumbres que sobreviva en natación sincronizada en este mundo permanentemente indignado.

Después de un susto inesperado, el musculoso órgano motor del andamiaje carnal que me sustenta me ha revelado que para ser y estar en plenitud, para vivir como un ser auténtico, la indignación es un veneno cancerígeno innecesario. La pausa coronaria que se me ha pautado como requisito primordial es sustituir la indignación por la dignificación filial que florece en la razón, el perdón y la compasión.

Desear la autenticidad del ser, buscar el logro de su cumplimiento, recorrer despiertos ese camino que nos conduce del edén del suelo a la paz del cielo, requiere de mí un predicamento verdadero de la práctica amorosa real y sincera con la que nacemos, como la que acostumbran susurrantes la ola y la orilla, cumpliendo el consejo diario del viento.

PD.- Vivir de corazón es escuchar al corazón con todo el corazón. Hacerle caso a las señales que nos envía con razón. Desde aquí lamento profundamente y con arrepentimiento sincero el haberle expresado a mi cardiólogo, en el CAE de Vecindario, el indignado deseo humano de que experimentase en sus propias carnes la angustia ajena de vivir con miedo. Los pacientes son personas de corazón impaciente que se indignan con suficiencia cuando se les desdeña y trata como un número en las listas de visitas y en las listas de espera.

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