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Desirée González Concepción

Reciclando el amor

Existen límites de velocidad en las carreteras, ponemos límites a nuestros hijos para que crezcan más sanos y más sabios, sabemos perfectamente cuando estamos al límite de nuestras fuerzas, plantamos cara en el trabajo y marcamos límites claros para que no abusen de nuestra buena voluntad… Sin duda, hemos aprendido a colocar límites como mecanismo necesario para que nuestros derechos sean respetados, pero… ¿sabemos poner límites al amor?

Walter Riso, reconocido psicólogo, nos da las pautas para amar sin renunciar al amor por nosotros mismos. En su libro Los límites del amor describe magistralmente, de manera ágil y amena cómo gozar de un amor digno. Con una lógica aplastante pone en duda la creencia algo arcaica del amor incondicional y desconfía de que la vida en pareja sea la única forma para autorrealizarnos. Personalmente pienso que se nos ha inculcado la idea de buscar nuestra media naranja como única opción para ser felices. Sin embargo proliferan los divorcios, las separaciones y muchas personas continúan sufriendo en pareja poniendo al amor como excusa, un pretexto que siempre oculta una gran dependencia emocional. Todos estaremos de acuerdo en que, muchas veces, la separación resulta una liberación para ambos miembros de la pareja.

Pues no, no creo que existan fórmulas mágicas para vivir un amor sano, pero podríamos preparar una receta especial con algunos ingredientes básicos que no deberían faltar. Para empezar aplaudo el concepto de «amor condicionado» que introduce Riso en su libro. ¿Amor con condiciones? Por supuesto. Lo entiendo como un amor más consciente, un amor más maduro, un amor dialogado. Muchas veces estando en pareja no respetamos nuestros espacios, no conocemos nuestras necesidades y tampoco las del otro, no tenemos tan siquiera un proyecto de vida en común,… Quizá la idea de amor incondicional debe quedar atrás, patrón obsoleto de nuestros mayores que deberíamos evitar… Está claro que plantamos para recoger frutos, trabajamos para obtener un salario, pagamos para adquirir cualquier tipo de producto o servicio… y de verdad, ¿alguien se cree que vamos a amar sin recibir nada a cambio? ¿ acaso vamos a compartir nuestra esencia por el simple placer de dar? ¿acaso no esperaré una recompensa después de ofrecer lo mejor de mí? Desde luego el amor debe ser «recíproco», donde dos personas compartan un proceso vital de descubrimiento y crecimiento personal, donde el respeto, la coherencia, la autoestima y la honestidad se muestren como pilares básicos. Creo fundamental resaltar aquí un principio esencial para disfrutar una relación con plenitud «solo podemos amar cuando nos amamos a nosotros mismos»; reforzar nuestro amor propio es la base para el éxito de la relación. Me encanta la idea de «altruismo recíproco» que nos propone el autor: «Yo te doy porque tú me das». Evidentemente existen expectativas en una relación; no se trata de esperar con egoísmo o avaricia, pero recibir después de dar es el secreto para la supervivencia de la pareja.

Decía Krishnamurti que el amor es la ausencia de miedo… ¿cuántas personas no se embarcan en el viaje del amor por miedo a volver a sufrir? ¿cuántas personas huyen de una relación por miedo al compromiso o a perder su libertad? ¿cuántas personas tienen miedo a dejar a sus parejas cuando ya no les aportan? ¿cuántas personas tienen miedo a vivir sin pareja?… Todos intuimos que las cifras resultan escandalosas; el problema es tan simple y tan complejo como que nadie nos ha enseñado a amar y a recibir amor. El amor es un arte, con lo cual hay elementos que deberíamos aprender y desarrollar antes de aventurarnos a iniciar una relación.

El amor debe ser además democrático y justo. Nuestros principios y nuestras creencias no son negociables; no debemos renunciar nunca a nuestra esencia por complacer a otra persona. Walter Riso expone con claridad los errores más comunes que cometen, sobre todo, las mujeres en el transcurso de una relación. Disparates muchas veces heredados y no cuestionados y que nos llevan a ser víctimas de un «canibalismo afectivo». Seguro que todas nos identificaremos con algunos de los roles que define Riso en su libro con todo lujo de detalles.

«Síndrome de la nodriza», es el síndrome que padecen muchas mujeres, aquellas que se desviven por ayudar de forma compulsiva, que se comportan como salvadoras y casi como terapeutas. El lema de estas mujeres sería «necesito que me necesites». El hombre se acostumbra a tener una madre como pareja, se convierten en Peter Pan (si ya no lo eran antes) y la relación se descompensa. Es el síndrome de todas nuestras madres y abuelas y desgraciadamente de bastantes mujeres del s. XXI.

«Síndrome de la geisha», este síndrome actualmente lo padecen muchas mujeres, aquellas que rinden pleitesía a sus parejas, aquellas que basan su relación en la complacencia ilimitada. Son mujeres más modernas, que se cuidan hasta la saciedad, que deben estar siempre perfectas para ellos. Sentirse deseadas es una manera de sentirse indispensables en la vida de sus parejas. Pero agradar constantemente al otro, pone a la mujer en una posición de sumisión y provoca que el hombre acabe menospreciándola. Por tanto, la relación tampoco es equilibrada.

«Síndrome de la empleada», este síndrome aunque lo padecemos indirectamente todas las mujeres, afortunadamente cada vez más de nosotras nos oponemos ante el servilismo. Las labores del hogar parece que sigan perteneciendo a las mujeres, pero ya muchas se sacuden la responsabilidad y no aceptan parejas o maridos jefes dentro de su propia casa. Las mujeres no están ya dispuestas a adoptar el rol de sus abuelas y empiezan a delegar obligaciones que, lógicamente, deben ser compartidas por todos los miembros de la casa.

Me parece toda una revelación cuando el autor nos recuerda que en el amor de pareja también intervienen los derechos humanos, nunca debemos transgedir sus límites: derecho a la libertad, derecho a la seguridad, derecho a no sufrir tratos denigrantes, derecho a la intimidad, derecho a la libertad de pensamiento, derecho a la libertad de reunión (cada uno puede y debe tener sus amigos),… Por eso, creo esencial poner desde el inicio «al amor en su sitio», para disfrutar después de una relación placentera, relajada y empática… Acabo con el lema por todos conocidos y también título del libro de la psicóloga Silvia Congost: «Si duele, no es amor».

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