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Mercè Marrero

La suerte de besar

Mercè Marrero

Una ventana indiscreta

Tengo un vecino con dislexia en cuanto a la recogida selectiva de basura se refiere. Saca orgánica cuando toca vidrio y envases el día que toca papel. El resultado es que en la puerta del bloque siempre hay una bolsa fuera de contexto. Hay imágenes que entristecen, como un patio de colegio vacío, un zapato en la carretera o la basura abandonada cuando y donde no toca. Otro residente deja un reguero de salsas siempre que saca sus desechos. No tengo ubicado al disléxico, pero sí a quien tira un exceso de caldos desde la puerta de su casa. Me apetecería dejarle una notita recordándole que la escalera y su limpieza es responsabilidad de todos, pero me avergüenza firmar la misiva, no vaya a creer que soy la clásica metomentodo. Dejo la opción del anónimo para cuando me levante cobarde.

Como no tengo suficientes pinzas para tender la ropa, hago malabares para enganchar todas las prendas al tendedero. No lo consigo y, por eso, en mi comunidad soy la pesada a quien siempre le vuela un calcetín o, en el peor de los casos, una braga. Dependiendo de la calidad de la prenda, me cuesta dar la cara y envío a uno de mis hijos a reclamarla. Me avergüenza reconocer que mi obsesión por la limpieza me ha llevado a aspirar en horario de siesta, pero prometo controlar mis impulsos a partir de hoy. Me gusta la pareja de octogenarios que sale a caminar cuando despunta el alba. Van con una toalla sobre los hombros, enfilan la calle cogidos de la mano y vuelven de la playa cuando la mayoría aún no ha tomado café. También me gusta una señora divorciada que riega sus plantas en bañador y bebe vino con amigos al anochecer. Puestos a ser voyeur, mejor serlo de quienes disfrutan de la vida. Hay un perro que también es disfrutón. Entra y sale con libertad y alegría para hacer sus necesidades. La lástima es que su propietario no se digna a recogerlas.

Otro vecino aparca su coche invadiendo sistemáticamente parte de la acera. Hace semanas que en el asiento del copiloto hay cuatro cajas, de veinte pastillas cada una, de Lormetazepam de dos miligramos. Comprendo como nadie a quien tiene ansiedad, padece insomnio o necesita un empujoncito exógeno para mantener la calma, pero creo que quien amalgama cajas y cajas del mismo medicamento, ya sea de benzodiacepinas o de analgésicos, no tiene mucha consciencia ni respeto por los recursos públicos. Hace años discutí con un familiar que reconoció tener más de treinta cajas de Paracetamol en casa, algunas caducadas, porque, total, no pagaba él y se las regalaba el Estado, «que ya mucho nos roba». Su tranquilidad por saber que, en caso de llegar el fin del mundo, a él no le pillaría con dolor de cabeza iba por delante del sentido común y del respeto hacia el dinero de todos. Pese a mis convicciones, si el vecino de los calmantes se deja un día la ventana del coche abierta, tendré que hacer esfuerzos para no tomarle prestada una de las cuatro cajas.

Una comunidad de vecinos es un pequeño mundo que refleja lo generosos, respetuosos, cívicos, conscientes de lo colectivo o románticos que somos. Quizás nos asustemos al ver el lugar que ocupamos. O quizás no.

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