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Juan José Millás

A la intemperie

Juan José Millás

Gratitud

La lagartija se calentaba al sol del mediodía, sobre una piedra del poderoso muro. Tras observarla con toda la intensidad de que fui capaz, me dirigí a ella telepáticamente para preguntarle cómo lograba permanecer tan quieta cuando estaba quieta y moverse con tanta agilidad cuando se movía. No me respondió. Continué andando por el parque y descubrí, sobre la corteza de un viejo tronco, un escarabajo bellísimo al que hablé también mentalmente para señalarle la semejanza entre su esqueleto externo y un ataúd. Trataba de expresarle mi admiración por vivir bajo el recordatorio continuo de la muerte. Tampoco reaccionó ante mis palabras. Continué mi camino y tropecé al poco con un conjunto de hormigas que se agitaban alrededor del agujero que conducía a su guarida. Como el agujero tenía cierta calidad de oído, esta vez preferí expresarme en voz alta. Dije: «Qué suerte la de cada una de vosotras, que carecéis de yo, de ego, de personalidad, porque solo sois una pieza infinitesimal de la colonia, que es el verdadero individuo». El hormiguero permaneció mudo.

Me dirigí a la salida del parque enormemente triste por esta incomunicación absoluta a la que la naturaleza y yo parecíamos condenados. El mundo no reparaba en mi presencia ni siquiera cuando lo interpelaba de manera directa. Al llegar a casa, el pánico asomaba ya por una de las rendijas de mi conciencia. Me preparé un té y me senté a la mesa de la cocina para beberlo sorbo a sorbo, como si se tratara de una pócima con propiedades ansiolíticas.

Entonces ocurrió: al tomar contacto mis labios con el borde de la taza, me invadió una paz inexplicable. El té era el de siempre, sin embargo, era la primera vez que utilizaba aquella taza adquirida días antes en un mercadillo. Se trataba de una pieza superviviente de un juego inglés de finales del XIX que sólo me costó seis euros. Volví a beber y sentí que el borde de la porcelana, aunque finísimo, tenía la textura de otros labios que quizá en tiempos remotos habían bebido de esa taza. Algo o alguien era capaz de comunicarse conmigo a través de un objeto antiguo. Sentí una gratitud sin límites. Después de todo, no estaba tan aislado.

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