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Juan Gaitán

El ruido y la furia

Juan Gaitán

Marcha atrás

Yo era aún muy joven la primera vez que fui a Londres. De allí me traje (en un libro que casi nadie ha leído y que ya ni siquiera sé si escribí) un poema sobre un jardín, un parque cerrado donde el tiempo habitaba detenido. No dije entonces algo que temí decir (vuelvo a confesar que era muy joven) y que regresa hoy con el poema perdido, una inscripción hallada en un reloj: «It’s later than you think» (es más tarde de lo que crees) y que era, en realidad, un precipicio.

El tiempo y sus modales. No fue, en aquel jardín londinense, la primera vez que lo vi detenerse. Ya lo había visto antes posarse a veces en la lengua luminosa del agua, en el dios al que rezan los jazmines, en la quietud de las barcas hundidas y en la serena piel del verano. También, ahora mismo, mientras escribo, parece que se ha quedado quieto para escuchar el canto del mirlo que vive en mi buganvilla, un mirlo que, seguramente, sea descendiente directo del que cantó para Ero de Armenteira. Según cuenta Alfonso X el Sabio en la cantiga CIII de sus ‘Cantigas de Santa María’, Ero fue un noble que transformó uno de sus palacios en un monasterio y se convirtió en su abad después de que la Virgen se lo pidiera en un sueño. El buen abad, en sus meditaciones, frecuentemente se preguntaba cómo sería el Paraíso y le pedía a la Virgen que le permitiera verlo. Y una tarde, paseando por un bosque cercano al monasterio, Ero escuchó el canto de un mirlo y, fascinado, se sentó bajo un árbol a disfrutarlo. Dicen que cayó en un profundo sueño y que, al despertarse, volvió al convento y lo halló muy cambiado. Nadie lo conocía y él no reconocía a nadie. Habían pasado trescientos años.

Desconozco la especie y estirpe del pájaro que ha cantado en Afganistán, pero era seguramente un pájaro turbio y rabioso que en vez de detener el tiempo para que dure tres siglos un gozo, lo hace retroceder y con su canto en vez de mostrar el Paraíso instala el infierno.

Comprobamos así que el tiempo tiene freno pero también marcha atrás, como los corazones de aquella obra de Jardiel Poncela. Basta con echar un vistazo a las portadas de los diarios en estos días. Afganistán ha retrocedido en unas horas veinte años o diez siglos, según las fuentes, instalándose en una ominosa anacronía de la que saldrá más dolor, más sangre y más tragedia de la que nos atrevemos a sospechar.

Ya no se escuchan pájaros en Afganistán y el país entero se ha convertido, de pronto, en una inmensa, tristísima, terrible jaula.

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