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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Observatorio

Los españoles

Los españoles

Tristes guerras, escribió Miguel Hernández, si no es amor la empresa. Tristes armas si no son las palabras.

Poco tiempo después, en la cárcel de Alicante, el poeta fallecía víctima del odio que por aquel entonces arrasó esta tierra. En su celda, un papel y un lápiz. Y en sus pensamientos, Josefina y Manuel, su hijo, a quien dedicó sus Nanas de la cebolla.

Han pasado ochenta años. Ochenta largos años y nosotros, los seres humanos, seguimos cometiendo los mismos errores, las mismas atrocidades. Y lo que es peor, continuamos sin arrancarnos la venda que nos cubre los ojos y nos impide contemplar el horror.

Hoy, el infierno se llama Afganistán. Ayer, Siria. Antes de ayer, Ruanda y otros muchos lugares cuya lejanía nos protege de las bombas. La televisión es nuestro alimento informativo. A través de la pantalla vemos el sufrimiento, la muerte de miles de inocentes bajo las balas de extremistas y asesinos. Presenciamos migraciones, huidas en desbandada hacia las fronteras más cercanas para tratar de salvar sus vidas. Y cuando algunos, afortunados, llegan a nuestras costas, hoy queda todavía quien dice que deben ser expulsados, arrojados de nuevo al horror. Sin papeles, no hay salvación. Sin burocracia, no hay vida.

A todos ellos está dedicado este artículo. A los españoles «de bien» que, día tras día, enarbolando banderas y lanzando al viento consignas, se enorgullecen públicamente de serlo. España, dicen, para los españoles.

Ahora bien, yo me pregunto: ¿quiénes son los españoles? La Historia es confusa. ¿Son acaso los tartessos? ¿Los íberos? ¿Los romanos? ¿Los visigodos? ¿Los musulmanes? Y dentro de éstos, ¿quiénes? ¿Los almorávides? ¡No! ¡Qué infamia! Evidentemente, ellos no. La verdad, la única, es que en el año 711 los pacíficos españoles estábamos tranquilos, felices en nuestra tierra, hasta que, de repente, sin comerlo ni beberlo, llegaron los temibles moros y nos invadieron. Más tarde, en el norte, un bravo español, Don Pelayo, se alzó contra ellos y comenzó la Reconquista. Todos los españoles le siguieron. ¡Hasta un caballo blanco descendió del cielo cuando la batalla estaba perdida! Y así se sucedieron las nobles gestas hasta que, siglos después, cayó Granada, el último bastión de los moros invasores. España había vencido.

Entre mitos y dragones transcurre la Historia. Exaltaciones de una realidad que, según los expertos, tiene bien poco de heroica. Porque lo cierto es que por esta tierra han pasado decenas de civilizaciones. Y todas han dejado su huella, su arte, sus influencias en el lenguaje. Todas han contribuido al desarrollo de nuestra cultura.

En resumen, no existe una raza española. Y, por consiguiente, más allá de las normas sobre adquisición de la nacionalidad que establece el Código Civil, modificadas en más de una ocasión (Ley 51/1982 o Ley 18/1990), nadie sabe quiénes son los españoles. Salvo, al parecer, los «de bien», los que, cómodamente sentados en su acolchado sillón, deciden con firmeza quiénes son sus semejantes y quienes, por no serlo, no merecen salvarse.

Olvidan estas personas que la Europa actual se ha edificado sobre los cimientos del humanismo cristiano, que proclama la igualdad de todos los seres humanos ante Dios. Y olvidan también las homilías de Juan XXIII y su encíclica Pacem in Terris. Pero lo que es peor, desdeñan las Bienaventuranzas del Evangelio: Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia.

Ninguna guerra es justa, dijo el Santo Padre. Todas las guerras son inciviles porque todos los hombres somos hermanos. Y como tales, todos deberían ser bienvenidos.

Hablar es fácil. Sólo hace falta un micrófono. O, en el momento actual, una clave wifi y una cuenta de Twitter. Ponerlo en práctica es más complicado. Exige un esfuerzo y una auténtica convicción de que las ideas que se pregonan son las correctas.

Además, ¿no recuerdan que nosotros, hace no mucho, fuimos un país de emigrantes? Nuestros padres y abuelos se marcharon a Francia, a Alemania o a Suiza a trabajar de sol a sol para que sus familias pudieran tener una vida mejor. ¿Quiénes somos ahora para negar a los demás lo mismo que hicimos nosotros?

Algunos responderán que nosotros fuimos con permiso de trabajo y que, por tanto, realizábamos una actividad legal. Pero sinceramente, no logro imaginar a un afgano en franca huida ante el avance talibán o a un sirio atemorizado por el Estado Islámico haciendo cola en la Embajada de España en Kabul o en Damasco para solicitar su permiso de trabajo.

La única vía posible es recibirles y luego, regularizar su situación. La ley lo permite. Y así se ha hecho en otras ocasiones. Por eso quiero decir alto y claro que soy partidario de la regularización de todos aquellos que entran en España huyendo de la guerra, del terror, del hambre y de la miseria.

Recuperemos las ideas del humanismo cristiano. Desempolvemos los viejos libros de Jacques Maritain. La urgencia es cada vez más acentuada. Ojalá llegue un día en el que el odio al diferente se convierta en un triste recuerdo del pasado.

Y mientras tanto, querido Miguel Hernández, querido maestro, que nunca más los poetas vuelvan a perder una guerra.

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