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Juan José Millás

A la intemperie

Juan José Millás

Un sinvivir

En los telediarios, la información sobre el precio de la luz se ha convertido ya en una sección fija, lo mismo que El Tiempo. Es un modo de aceptar que la electricidad pertenece al mundo de los fenómenos naturales (incluso sobrenaturales), imposibles de controlar por esta humanidad menesterosa. Sabemos que el anticiclón viene de Las Azores, pero ni idea acerca del origen del vatio. ¿Dónde nace, qué países recorre, cuál es la calidad del que mantiene congelada mi merluza? ¿Me cuesta más ese vatio que la propia merluza? ¿Merece la pena congelarla? Estos días, cuando salgo a caminar, me fijo mucho en los tendidos eléctricos y me pregunto, por ejemplo, en qué dirección circulan los vatios, si hacia adelante o hacia atrás, pues resulta imposible que circulen por el mismo cable en las dos direcciones: chocarían. Hay mucha metafísica en torno a este asunto. Viene a ser como si te plantaras delante de un río y no lograras averiguar si sus aguas van hacia arriba o hacia abajo.

Me pregunto también si está cerca el día en el que el oxígeno se pueda canalizar, igual que el gas o el kilovatio, y nuestros gobernantes decidan que se trata de un bien privatizable y empecemos a pagar la unidad de ese elemento químico a precio de oro, como la electricidad. El capitalismo exagerado, que ya se inventó un impuesto al sol alucinante, es capaz de sacar a Bolsa, si se lo propone, las religiones monoteístas, algunas de las cuales -y no me gusta señalar- nos salen ya por un ojo de la cara. Hay un mercado de futuros prácticamente sin explotar. ¿A cuánto cotizarán mañana la pena, la alegría, la solidaridad, etcétera?

Secciones fijas. De eso se componen los noticiarios. Entre estas secciones se encuentran los obituarios, pero los obituarios de personas, no de peces. Sin embargo, y debido al desastre del Mar Menor, estos días, con El Tiempo y La Electricidad, nos informan también de las toneladas de peces muertos que llegan cada día a las orillas de esta singularidad lacustre. Perecen de anoxia, es decir, por falta de oxígeno. Quizá han decidido no pagarlo y el capitalismo exagerado castiga a esas especies, pobres, cortándoles el grifo.

No paramos, en fin. Cuando no es una cosa es otra. La vida, paradójicamente, es un sinvivir.

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