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Ánxel Vence

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Brian y Tintín en Afganistán

Casi todo en Afganistán nos remite a las aventuras de Tintín y a La vida de Brian, aunque el asunto no tenga nada de divertido. Obsérvese, por ejemplo, que es un país enigmático y pintoresco como muchos de los que sirvieron de paisaje de fondo a las correrías del reportero belga por Oriente, el África colonial o las Américas.

Además, los barbudos con turbante que han vuelto a tomar allá el poder evocan los personajes de la película en la que los comediantes de Monty Python parodiaron la vida de un profeta a su pesar. En 1979, tan cerca y tan lejos, todavía se podían hacer esas sátiras políticamente incorrectas contra el fundamentalismo y la barbarie.

Lamentablemente, la afición de los talibanes a lapidar blasfemos, ningunear a las señoras y prohibir cualquier clase de diversión es crudamente real. Será que la realidad imita al arte, habida cuenta de que las viñetas de Hergé son muy anteriores al movimiento talibán, cuyo origen coincide más o menos en el tiempo con el estreno de La vida de Brian.

Si en la peli producida por el beatle George Harrison se enfrentaban el Frente Popular de Judea y el Frente Judaico Popular divididos en la lucha contra el Imperio Romano, en el actual Afganistán coinciden dos grupos casi idénticos que se llevan literalmente a matar. Son los talibanes y el Estado Islámico del Gran Jorasán, de título tan propio de Tintín. A los romanos los han sustituido los estadounidenses; pero más allá de esas cuestiones de detalle, las semejanzas no dejarán de admirar al espectador.

También las escenas que se produjeron durante el anterior gobierno de los talibanes parecen directamente inspiradas por La vida de Brian. Es más que probable que ahora se repitan las prohibiciones de la bebida, la música, el cine, la televisión, el vídeo y, por alguna desconocida razón, la cría de palomas y el juego de la cometa.

A la veda de todos esos corruptos esparcimientos de raíz occidental e imperialista, los talibanes agregarán, sin duda, la reclusión de las mujeres dentro de sus burkas y de sus casas.

Ya lo hicieron en su anterior mandato, cuando toda la población femenina fue sometida a un arresto domiciliario que prohibía a las niñas la asistencia a la escuela y negaba a las señoras la atención en un hospital. También se castigaba a aquellas descocadas que tuviesen el impudor de reír -literalmente- “en voz alta”.

Convencidos de que el Altísimo ha decidido que está mal pasarlo bien, no extrañará que a estos teólogos de alcantarilla les pongan de los nervios la risa, la música y, en general, cualquier diversión no vinculada al rezo. No hay como una buena plegaria cinco veces al día para entretenerse.

Aquí, en el Occidente liberal que ha tenido la osadía de confinar la religión al ámbito puramente privado de las personas, estos disparates suscitan la perplejidad y hasta la broma; pero no es cosa de risa. La anulación de las mujeres es un acto medieval de barbarie que, infelizmente, no han podido evitar los modernos romanos pese al cuantioso gasto de dinero, tropas y munición.

Lástima que ya no esté Tintín en activo para enderezar este repetido entuerto con la ayuda del capitán Haddock, de Milú y del profesor Tornasol. Mucho es de temer que estemos a punto de asistir a una nueva y nada graciosa versión en vivo de La vida de Brian.

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