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Tribuna abierta

Prevenir el suicidio

Últimamente, como olas, se vuelve hablar de la prevención del suicidio. Cada década emerge este asunto. Las circunstancias especiales de estos últimos dos años han hecho emerger este problema de salud pública, cuya relevancia en la mortalidad es mayor que los accidentes de tráfico. Nuestra comunidad lleva décadas con unas tasas por encima de la media de suicidios en España. Quien no se ha querido enterar, es por eso, porque no quiere enterarse. La pregunta a realizar es lo que viene a expresar las cifras actuales: ¿una sociedad en hondo desajuste? o/y ¿una atención sanitaria en salud mental con deficiencias estructurales? Ambas? Quizás sí.

La prevención del suicido es compleja, porque lo es la propia predicción de la muerte, más aún cuando es la de uno mismo, que lo decide en la soledad más absoluta. Programas informáticos han sido incapaces de predecir la muerte por suicidio una vez introducidas en el programa todas las variables predictoras de esta conductas. La razón es muy sencilla, la razón es individual, y no está sujeta a ninguna ley matemática ni a ningún algoritmo. No obstante, aún sigue estigmatizado el suicidio, diciendo de quien lo intenta o ejecuta que está «loco» o que tiene desórdenes mentales, o bien se muestra lástima por la actitud de quien, por diversos factores desencadenantes, toma tal decisión; en este sentido, al considerar al suicidio como algo malo o indeseable. Todos podemos decidir parar si nos agota el vivir.

Las causas suelen ser muy diversas, aunque muchos autotitulados expertos lo reducen a padecer un trastorno mental, y este como un cuerpo biológico enfermo separado de su biografía y su entorno. En la sociología francesa, se recogen a través de la formulación de Emile Durkheim (1858-1917) en su libro El suicido,- cita en un tipo de suicidio a las Islas Canarias- la relación entre la sociedad y el individuo, aplicando su método estadístico y sociológico al suicidio, llega a la conclusión central de que este fenómeno debe ser considerado como un hecho social; en cuanto hay que buscar su causa fundamental en la llamada por él: anomia social. Nos decía: «La anomia, como estado social, es: una falta de dirección que suele aparecer en las épocas de revolución social. En el individuo se corresponde con un desconcierto o inseguridad o lo que hoy se suele definir como alienación o pérdida de identidad. La anomia es un estado de la sociedad donde los valores tradicionales han dejado de tener autoridad, mientras que los nuevos ideales, objetivos y normas todavía carecen de fuerza. Anomia es un estado social en que cada individuo o cada grupo buscan por sí solos su camino, sin un orden que lo conecte con los demás (...) es frecuente en las comunidades sociales cuyos valores y normas pierden fuerza». Los suicidios serán pues expresión en una sociedad de su propia anomia. La anomia entonces proviene del desajuste entre la estructura social y la conciencia cultural, sobre todo cuando hay una contradicción entre las leyes escritas y las exigencias sociales nuevas. Durkheim ya señalaba el factor protector de la religión al prohibirlo el catolicismo, pues la vida no pertenece al sujeto, sino a la voluntad de lo divino.

Decíamos que no solo puede reducirse este complejo fenómeno a un cuerpo orgánico enfermo por falta de neurotrasmisores, o unas atribuciones erróneas sobre uno mismo y el mundo, sino está implícito desajustes sociales. Pero también se ha evidenciado que las crisis económicas y sociales están relacionadas con el suicidio, al menos, de forma individual. Hemos leído casos de suicidios durante este periodo último, aunque aún no conocemos su dimensión y es relevante estadísticamente.

Con el mismo interés se ha examinado la asociación del suicidio con los ciclos económicos durante la Gran Depresión (1929-1933), el final del New Deal (1937-1938), la crisis del petróleo (1973-1975) y la recesión de 1980-1982, así como en la recesión económica del 2008. Estos son estudios complejos y no siempre comparables, y a veces, los datos son contradictorios en los informes publicados. En general se relaciona con aumento, en algunos países con más intensidad que otros, de las tasas de suicido y que afecta a las personas en edad de trabajar como las más vulnerables a la recesión, que eran sostén de la familia, y sus trabajos cubrían los gastos de hipoteca, seguros de salud, educación para niños, y otros gastos. Por lo tanto, la pérdida del empleo puede causar más dificultades a aquellas personas que a los demás. A nadie se nos olvidan las imágenes de Grecia, o los suicidios por los desahucios en nuestros país. En Inglaterra se ha comprobado durante el 2012 que cada 10% de incremento del número de desempleados aumenta un 1,4% los suicidios (hombres).

En la adolescencia, en un periodo que se adolece, en busca de las propia identidad e integración y la necesidad imparable de socialización -en el mejor de los casos- y de construcción de futuro, no deja de ser significativo en las biografías. En una sociedad actual, de alta tasa de desempleo y sin posibilidad de proyectos, con dificultad de interrelacionarse, ha podio ser un cóctel muy explosivo, que por algún lado busca salida, y tentar contra uno mismo refleja ese lado de la desesperanza.

Por todo ello, llevar a cabo programas de prevención del suicidio, en cualquier edad, deberán ser muy realistas y con objetivos definidos, sin grandes algaradas, por la complejidad de los fenómenos implicados, que desbordan cualquier programa estrictamente sanitario.

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